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Glosar la Naturaleza
En mi último cumpleaños, fui sorprendido por un regalo consistente en dos libros. Uno de ellos era de Mónica Fernández-Aceytuno(1), un gran ramo de fragantes y frescos pensamientos, tan breves como dos líneas o tan extensos como cuatro páginas.
Su escritura es singularmente íntima, su acento poético poco convencional, debido todo ello a una curiosidad, casi, científica. Y así, uno no sabe a veces quién ha escrito lo que está leyendo: Un cuentista, pero ¿un botánico? ¿un físico? ¿un marino? ¿un labriego?
En la presentación de la obra se dice que "es el resultado de la exigencia literaria de la autora, renovada cada día ante el milagro de la Naturaleza: no publicar mas que lo perfecto".
"En esa oscuridad total que sólo se encuentra bajo la tierra, han empezado a nacer los brinzales.
(...)
Es brinzal lo que germina de la semilla caída del árbol, cualquiera que sea, bellota de roble, semilla de chopo, piñón de pino, y aunque no tenga mas que tres hojas tiernas como estos brinzales de los robles, se adivina ya en ellos los árboles que serán dentro de unos siglos". (...)
(Los brinzales)
Otras veces, puede deducirse más fácilmente que sólo es una mujer, desnuda de conocimientos académicos, quizá una niña:
"Sé, por un árbol, que las lágrimas son contagiosas.
Era un roble que vivió cien años hasta el día en que, al mirarlo, vi que el árbol era ya sólo cepa.
Me quedé asombrada, quiero decir: llena de sombra por dentro; y volví andando hacia mi casa en silencio para que no se me fuera el alma por la boca, pero llegué tan cansada con el peso de tanto pesar, que me metí en la cama y, al volcar la cabeza, se me cayeron las lágrimas de una mirada vacía de ramas.
José llegó a decir con mi tristeza que jamás hubiera cortado el carvallo (roble) de haber sabido que lloraría".
(Las lágrimas)
Si tratamos ahora de aves, la lavandera es un ave común de fácil adaptación -la he visto en Galicia, en Madrid y en otros sitios dispares-, y nuestra escritora la describe así:
"Por andar poniendo una pata tras otra por la orilla del río, en vez de andar como anda un gorrión por la acera, a saltos, con las dos patas juntas como en una carrera de sacos; por ese caminar, se llama lavandera o andarríos o señorita, a un pequeño pájaro gris y banco, blanco y negro, de cola larga y andar de mujer que baja al río a lavar la ropa.
Llega en bandadas la lavandera durante el ocaso, y duerme comunalmente en los cipreses de la avenida de Cesáreo Alierta, en Zaragoza". (...)
(La lavandera)
Paiño fue el apodo de un jugador gallego de fútbol, tan famoso por su juego como por su irritable carácter, pero es también el nombre de una ave.
El olor a paíño
"Sólo aquellos que navegaron por los islotes que hay fuera de puntas, desde el País Vasco hasta Galicia, conocen el olor a paíño.
Si no fuera porque los pescadores Ios podrán ver hoy volar con vuelo errático de mariposa para beberse, del mar, el plancton y ese aceite que envuelve los descartes de pescado, se diría que no es posible que pueda existir ésta, nuestra más pequeña ave marina.
El paíño es diminuto como un gorrión, oscuro como un mirlo y, ¿ya lo he escrito?, vuela como una mariposa.
(...)
Cuando los alumbras en su cueva, al no conocer de cerca el paíño al hombre, ni siquiera se mueven, y se dejan tocar las plumas, cuyo aceite es el que les da su olor, (...). Al regresar a tierra, huelen las manos y el pelo y la ropa, a los islotes que hay fuera de puntas".
Tenemos que dejar a esta original escritora, que ha obtenido el Premio Nacional 2003 de Conservación de la Naturaleza, seguramente por esta obra.
1) "El viento en las hamacas", M. Fernández-Aceytuno, Ediciones Luca de Tena, Madrid. 2004. 192 páginas
Sergio de Lis es crítico literario y parte de la Redaccción de la revista Edificación Cristiana.
(De "La escritura secreta", resumido, publicado en el nº 216 de la revista Edificación Cristiana).
© S. de Lis, ProtestanteDigital.com, España, 2005 |
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