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Ecología – ekumene
Quizás una de las carencias del ecologismo es que, mientras que el cristianismo ha sido excesivamente antropocéntrico, fijándose más en lo humano que en lo cósmico o en el hombre más que en el resto de la naturaleza de nuestro planeta tierra, la ecología, en algunos aspectos, ha hecho una defensa mayor de las plantas, los animales, la limpieza y protección del cosmos, que del hombre mismo. Ha sido más cosmocéntrico. Por eso no está mal que se compensen ambas realidades haciendo un cristianismo más cósmico, sin olvidar al hombre, quizás corona de toda la cosmogénesis, y de un ecologismo más antropológico, pues, en el fondo, el ser más amenazado de la creación es el hombre.
Millones de hombre muriéndose de hambre, sin acceso al agua potable ni a los medicamentos más simples, uniendo su desgracia a la de muchos ecosistemas que también agonizan. Ambos mueren juntos. Su suerte va unida. La ecología debe asumir la defensa del hombre que está muriendo en la miseria y en la indignidad. La ecología es también eco-ética, eco-sociología, economía –que también viene de la raíz oikos – y puede llegar a ser eco-teología y eco-espiritualidad. Aspectos todos de una Ecología que deviene Ekumene, palabra conocida que tiene la misma raíz que Ecología, preocupación por la casa social común, de todos, preocupándose por todos los seres en sus distintas culturas y formas espirituales de relacionarse con la realidad más profunda, con el Tú trascendente.
Es por eso que el sentir ecológico no radica solamente en contemplar la flor o el mar y deleitarse con ello, en intentar no contaminar el mar o los ríos, en sentir plena satisfacción en la contemplación de las montañas y evitar que no se deteriore ese paisaje con túneles, trenes o industrias. Un sentir ecológico profundo y auténtico, nos lleva más allá. Nos hace asumir perspectivas éticas y cristianas que, en última instancia nos van a llevar a ver que el sufrimiento del cosmos es el sufrimiento del hombre. Que el deterioro de la naturaleza y de los ecosistemas marcha de la mano con el empobrecimiento de los pueblos y el calvario de los pobres.
Es por eso que la ecología se puede ver o, si queréis, se debe ver, desde el compromiso con los más pobres, la solidaridad con aquellos que enferman y sufren por falta de alimentos, de agua potable y de vacunas. Desde los vientres inflados de los niños subalimentados y con carencias de todo tipo. Es ver la ecología desde la perspectiva de un SUR empobrecido y despojado a lo largo de la historia, en donde aún se instalan las multinacionales con agriculturas de alto rendimiento que agotan los ecosistemas para ir abasteciendo al insaciable NORTE rico y consumista.
Los ecologistas debieran rebelarse de una manera abierta ante la explotación del hombre por el hombre y ante la opresión de los más débiles. No hay verdadero ecologismo si se deja ser al hombre el ser más amenazado de la creación... aunque se convenza a los ricos de que salven las ballenas.
Toda la protesta ecológica debe ser más integral, debe asumir valores éticos, sociales y, por qué no, cristianos. Al menos los ecologistas cristianos deben asumir valores éticos y comprometidos que dimanan de la ética social cristiana. Y queramos o no, los cristianos siempre pensamos que el ser humano es la imagen de Dios mismo, es donde aflora esa espiritualidad que nos relaciona con Dios, ese ser interlocutor de Dios mismo, sin que yo niegue la capacidad de relación del resto de la tierra y del cosmos con Dios, pues también la creación anuncia y los cielos cuentan la gloria de Dios, según el salmista, y los animales son seres sintientes. Pero el hombre, aunque también sea polvo, es ese momento de la antropogénesis que, a su vez, corona toda la cosmogénesis, como diría Teilhard de Chardin. ¿Corona de la creación?
Lo que sí es cierto es que no habrá auténtico ecologismo que no asuma compromisos y valores éticos en defensa de la vida del hombre. Intentemos salvar al hombre sobre la faz de la tierra. Este intento de salvar al hombre, en un compromiso ético y cristiano, sería también, de forma indubitable, un intento de salvar la naturaleza, de evitar su expoliación y el dominio utilitarista a que ha sido sometida por el propio hombre a lo largo del tiempo.
Pero hoy hay una dualización en el ser humano: los que comen, gastan y usan de todo tipo de servicios y bienes de la tierra, que realmente son una minoría, y los que sufren hambre y miseria, muriendo en los ecosistemas enfermos y expoliados por el primer grupo minoritario de humanos. La auténtica ecología debe invertir esta tendencia en un intento de liberación de ese animal hombre del que decimos que tiene una dignidad intrínseca y derecho a la alimentación. No nos atrevemos a hablar del resto de los derechos humanos.
Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor
y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2005, Madrid, España. |
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