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La otra vergüenza del Evangelio
'Porque no me avergüenzo del Evangelio, porque es poder para salvación.'
( Romanos 1, 16 )
" Soy parte de una sociedad en la que hemos perdido nuestros ideales, en la que ya no tenemos utopías. Y para eso estoy yo, para que la gente vuelva a encontrar la fuerza de asumir la responsabilidad de sus actos. " Con esta voz en off comienza Muxmäuschenstill, una producción independiente de muy bajo presupuesto que recientemente causó furor en los cines alemanes.
Desde la adolescencia hasta prácticamente de por vida no son pocos quienes, sin tapujos, alardean de ser incombustibles consumidores de alcohol y drogas, rompedores de relaciones de pareja, o hasta quienes se enorgullecen de evadir impuestos. En muchos casos, hasta se exageran estas cualidades tan sólo para dar una imagen más chic, como de alternativos o yo qué sé qué cosa. El personaje principal de esta película pretende volver a poner las cosas en su sitio, por lo que infractores de tránsito, turistas que intentan escamotear un billete de metro, exhibicionistas, ladronzuelos, jóvenes graffiteros y transeúntes que permiten que sus perros hagan sus necesidades en la calle se las tendrán que ver con él.
No voy a entrar ahora en el discurso descriptivo del vacío de la actual sociedad hueca y desheredada de trascendencia, pero resulta interesante detenerse un momento para ver cómo muchas personas alrededor nuestro no tienen complejos para vocear a los cuatro vientos premisas de comportamiento egoístas o actitudes de esclavismo de lo instintivo . En contraposición a esta ausencia de grandeza quedan casi olvidados aquellos esfuerzos que, proviniendo de una fe genuina en Jesucristo, contribuyeron y contribuyen a cambiar la historia para mejor. Resulta muy descriptivo el comentario de Mittermeier, el protagonista de la película Muxmäuschenstill , cuando afirma que " Michael Schumacher es un héroe porque sabe cómo tomar una curva a 300 kilómetros por hora y no paga impuestos. Pobre país ".
La democracia, la ciencia, la cultura, las libertades, la justicia, el bienestar social y mucho más de lo bueno que nos rodea no serían lo que hoy son sin los esfuerzos del espíritu cristiano . Premios Nobel de la Paz o grandes científicos -por ejemplo- llegaron y llegan a donde llegan como consecuencia de su seguimiento de Jesucristo. Sin embargo, hoy día, muchos de nosotros somos víctimas de engaños postmodernos que hacen que, en ocasiones, nos avergoncemos de que nos identifiquen como cristianos. Si dicen que soy un juerguista., no pasa nada. Si dicen que vivo para ganar mucho dinero., no pasa nada. Pero si dicen que soy cristiano., ya algunos se avergüenzan.
Muchos son los que se atreven a salir desnudos a las calles para realizar cualquier denuncia y muchos somos los creyentes a quienes nos cuesta desnudar en público nuestra alma entregada a Cristo . El orgullo gay ha tomado cotas de popularidad y de poder muy por encima de lo que les debería corresponder en términos cuantitativos. Son pocos, pero muy influyentes y populares. Y todo gracias a que decidieron convertir la repudia en motivo de orgullo. Eso es personalidad; eso es motivo de aprendizaje.
Pero el asunto de la vergüenza va más allá de nuestra disposición para una manifestación pública de la fe. Conozco a muchísimos cristianos que hablan de su condición de creyentes a tiempo y destiempo, hablan de Cristo a todas horas y a todo quisqui . ¿Pero son ellos el modelo a seguir? ¿Demuestran con esta actitud que no se avergüenzan? Pues no siempre.
Algunos han dado el primer paso y dan testimonio público de su fe, pero no han dado el segundo; se han sacudido la vergüenza para hablar y salir del armario religioso, pero no consiguen ser creíbles porque no son naturales , pierden autenticidad y manifiestan/manifestamos una vergüenza semiinconsciente que se convierte en un sutil aunque poderosísimo enemigo de la extensión del Reino.
A veces testificamos con vergüenza de fondo, con complejos, con continuas justificaciones que nadie nos pide, con un tono que no es el nuestro, con fórmulas que no interiorizamos, con titubeos al transmitir firmes convicciones y con excesiva contundencia ante lo que son asuntos abiertos y difíciles.; en definitiva: con vergüenza del Evangelio. También es cierto que ser conscientes de esta realidad es ya un primer paso para ser frescura de transformación genuina.
Francisco Umbral comentó en una ocasión que quien dice cualquier cosa con convicción y carácter de cercanía, aunque sea una patraña, ya tendrá a montones que le consideren. Dicho esto, y teniendo con nosotros la verdad de Cristo, es una pena que muchos trasmitamos a Cristo como si fuésemos una caricatura religiosa de nosotros mismos. Por mucho que hablemos, si no nos naturalizamos con verdadera profundidad, nuestro testimonio no dejará de ser vergonzoso.
Luis Marián trabaja en Madrid como
documentalista en la Universidad Carlos III,
y coordinador
de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de Delirante un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con
no creyentes.
© L. Marián, ProtestanteDigital.com, 2005, España. |
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