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Número 86 - 14 de junio 2005
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MANUEL DE LEÓN
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Teología de la paz y de guerra santa (I)
Apuntes Misioneros en el contexto asiático (VIII) 

El martirio redentor del integrismo, no es solo la lucha contra el secularismo del siglo, ni de la infidelidad o la herejía, cuyos pecados inflaman a los militares de Hamas en Palestina, o los de la renovación escatológica de la creación de Timothy McVeigh en Estados Unidos, o los sionistas religiosos ultras de Israel, sino que suponen una teología de la guerra santa y un atentado a la paz. Pero al mismo tiempo reactivan al militarismo dormido, que hace pagar, en su ritual de muerte, los excesos de los mártires integristas. Es el retorno del sacrificio humano, disfrazado de guerra santa y con el prestigio del martirio, cuando solo es un atroz suicidio homicida, porque no es el sacrificio tradicional de violencia sagrada expuesta por René Girard para restaurar la armonía cósmica, sino el que puede desencadenar el cataclismo universal final.

Cuando aparece la guerra santa, la nación se entrega a la lealtad patriótica y deja de lado esa fachada secular y mundana para convertirse en un renacer de súplicas al "dios de los ejércitos" pidiendo victoria.

Uno de los discursos mas hermosamente dicho y que retrata con erudición y finura esta teología, se dibujó en la Conferencia magistral dada en 2004 desde la cátedra de la UNESCO de educación para la paz, y con el título " Entre el terror y la esperanza: Religión, guerra y paz" el profesor de ecumenismo en el Seminario Teológico de Princeton, autor de varios libros, entre ellos, Fe y cultura en Puerto Rico (2002) y Essays from the Diaspora (2002 D. Luis N. Rivera Pagán . quien dijo estas palabras: " Parecía inicialmente el siglo XX el siglo de la guerra secular, en el cual la pasión ideológica proclamaría la aurora de los dioses profanos: la supremacía de la nación, la sociedad igualitaria, la apocalíptica lucha de clases, la liberación nacional, la globalización del mercado, el reino del sufragio universal y secreto. Era la devoción profana a los altares irreverentes y heterodoxos de la secularización. Las tribulaciones religiosas parecían restringirse a los rincones íntimos del alma devota o a la quietud de los templos.

Sin embargo, los celosos e implacables dioses de antaño preparaban su retorno en espectaculares teomaquías. A fines de siglo, piadosos adoradores de Yahvé, Jesucristo y Alá proclamaron la cólera divina mediante la declaración de guerras santas, que desdicen las sosegadas normas intersubjetivas de la Ilustración y la modernidad. Se revivió el volcán de las pasiones religiosas, con nuevas generaciones de fundamentalismos .

Quienes creían que con la Paz de Westfalia (1648) nos habíamos librado de las guerras religiosas se muestran perplejos ante el retoñar de la belicosidad sagrada. Muchos teóricos del secularismo y la modernidad se sorprenden por el resurgir de la pasión religiosa beligerante, el "desquite de Dios" como lo ha descrito un islamista francés. Quienes estudiaban el auge, a mediados del siglo pasado, del nacionalismo árabe secular y socializante, quedan perplejos por el fuerte desafío que el integrismo islámico le presenta en la batalla por los espíritus. La jihad retoma sus matices más sombríos y avasalladores. Algo similar acontece en el sionismo . Muchos abandonan su herencia socialista, democrática y plural y se adhieren a posturas dogmáticas sobre la promesa divina, inscrita en la Tanakh, de un Israel ampliado. En el subcontinente indio, se revive la violencia entre hindúes y musulmanes, conmoviendo el paradigma nacionalista de Gandhi y Nehru de una sociedad tolerante y pluralista. En Sri Lanka, la guerra civil de dos décadas entre sinaleses y tamiles tiene como fondo ideológico no sólo sus diferencias étnicas y culturales, sino también el que los primeros son mayoritariamente budistas y los segundos hindúes.

Aún el pacífico budismo puede convertirse en fuente de inspiración para el terror sagrado, como lo demostró el ataque con sustancias químicas al subterráneo de Tokío protagonizado por la secta japonesa Aum Shinrikyo, en 1995. En la fragmentada Yugoslavia, la fe de los ortodoxos serbios y macedonios, de los católicos croatas y de los musulmanes bosnios y albanos ha funcionado como criterio de exclusión y antagonismo. El fundamentalismo estadounidense conjuga la idolatría de la letra sagrada, arcaicos milenarismos, la tradición nacional del "destino manifiesto" y la represión de la alteridad. A pesar de la opulencia económica y el poderío militar de su nación, la derecha fundamentalista norteamericana imagina con pavor diabólicos ejes de maldad cósmica. Es la paradoja de la violencia religiosa: la simultaneidad de la piedad y la crueldad, de la comunión entre los fieles y la hostilidad contra los infieles. Como escribiese José Saramago en ocasión de los ataques del 11 de septiembre de 2001:

" Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. "

Esta prolongada y dura cita nos lleva a las distintitas teologías con las que se encara el problema religioso en Asia. La teología de la paz en el escenario de la guerra santa tiene una complejidad tal y entran en juego tantas fuerzas de acción y reacción de gente dispuesta a matar y gente dispuesta a morir por su fe , que ya el teólogo Juan José Tamayo Acosta se había referido a ellas al analizar el secularismo de la postmodernidad.

Dice Tamayo: "El retorno de la religión se traduce con frecuencia en manifestaciones irracionales e intolerantes: dogmatismo e integrismo, fundamentalismo y fanatismo, rigorismo moral y disciplinar, discriminaciones de género, limpiezas étnico-religiosas, práctica del terrorismo en nombre de Dios, procesos inquisitoriales contra los creyentes heterodoxos."

Los mecanismos mentales e ideológicos de esa transición a la guerra santa y al terrorismo religioso, según el profesor norteamericano Mark Juergensmeyer no solo se da entre los tres grandes monoteísmos, sino que también se manifiesta en algunas religiones orientales como el hinduismo o el budismo.



Artículos anteriores de esta serie:
   1  Asia: puerta abierta al Evangelio  
   2  Las misiones no son colonias  
   3  Las grandes Sociedades Misioneras en Asia  
   4  Hudson Taylor y Bod Finley  
   5  La Biblia en el entorno de Asia  
   6  Teología asiática  
   7  La teología del búfalo de agua  

Manuel de León es escritor, historiador, y director de "Vínculo" (revista de las Iglesias de Cristo de España).
© M. de León, 2005, Asturias, España.

 
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