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Número 87 - 24 de junio 2005
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN
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Genocidios: perdonar y ¿olvidar?

‘El mejor profeta del futuro es el pasado.'
( Lord Byron )


La mayor prueba de que el pasado sirve para hacernos más grandes es la propia Biblia, que no es otra cosa que un compendio de sucesos y mensajes que relatan amor, injusticias, milagros, diálogos, perdón, justicias, asesinatos…, que sucedieron hace muchos años y que sirven para que quienes hoy abordamos este libro sagrado no repitamos errores, alimentemos nuestra esperanza y caminemos de la mano de quien regala y asegura el futuro. El filósofo Spinoza insistía en que “ s i no quieres repetir el pasado, estúdialo ”, afirmación que sirve como circunloquio del término exégesis al aplicarlo a la Biblia, ya que estos sesenta y seis libros aglutinan un registro de antaño que nos hace libres hoy no para guardar rencores, sino para protegernos y agigantarnos con sanidad.

Cuando hablamos del mal que cometimos o que otros cometieron ayer, solemos hablar de perdonar y olvidar como si de una misma acción se tratase. Pero son verbos diferentes que no siempre van de la mano, pues pe rdonar no es olvidar en un sentido amnésico del término . Perdonar es liberarse de uno mismo y, de paso, liberar al prójimo. Es un estatus donde se nos manifiesta el hecho sublime de que el cristianismo se sostiene en la premisa del perdón a los enemigos, algo que desborda y que lo desmarca de otras creencias y vanidades. Y es que parece ser que Dios no quiere que sus hijos se igualen con quienes les hacen mal, y quizás es por eso por lo que la Escritura aboga por el rechazo de la venganza, por la huida de esa agresión que por justicia le correspondería al enemigo. Algo único.

El pasado, sea cual fuere, no sólo no se puede negar y obviar, sino que necesitamos mirarlo para aprender de su longeva experiencia y repudiar su mezquindad. Podemos medir cuán desarrollada está nuestra decisión de perdonar en función de la cantidad de libertad que nos embauca al mirar nuestros errores de antaño, sea como individuos o sea como colectivo.

El buen perdón no consiste en jugar a que el daño nunca existió, sino en poder mirarlo a los ojos y aguantar su halitosis estoicamente y con una mirada analítica, anhelante de sabiduría y de deseo de salvaguarda del mañana. No se trata de inventar cosas que no fueron, sino de afrontarlas y tenerlas en cuenta para no volver a incurrir en el error o la falacia. Recordar el mal para hundirse en la culpabilidad es un fracaso, una zanja madrileña en la maduración del camino de libertad que comenzó con nuestra decisión de perdonar. Cuando este mal sucede, hay que seguir domesticando la espalda del ayer hasta que consigamos conocer y domar a la fiera. Cuando podemos mirar al monstruo y conseguimos descifrar su maléfico ADN, es entonces cuando tenemos más posibilidades de no reproducirlo y naturalizarlo. Perdonar es librarnos del peso encadenado que nos ata a la persona, nación o ente que nos domina por causa de lo sucedido.

Tener presentes las inquisiciones, genocidios y totalitarismos del ayer calma la tentación del desbordamiento del caos acechante del presente. Aprendiendo del pasado se obtiene futuro, prudencia, sabiduría y más. Por eso la Biblia es memoria perenne del pasado; por eso siempre necesita ser redescubierta; por eso la Palabra alberga el secreto del futuro y del presente.

Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III, y coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador de Delirante un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con no creyentes.
© L. Marián, ProtestanteDigital.com, 2005, España.

 
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