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Número 89 - 08 de julio 2005
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Sequía

‘Alza tus ojos a las alturas desoladas y mira: ¿dónde no te has prostituido? Junto a los caminos te sentabas para ellos como el árabe en el desierto, y has profanado la tierra con tu prostitución y tu maldad. Por eso fueron detenidas las lluvias, y no hubo lluvia de primavera; pero tú tenías frente de ramera, no quisiste avergonzarte.'
( Jeremías 3:2-3 )

La situación climática está comenzando a convertirse en España en un auténtico problema nacional del que casi a diario tenemos noticias alarmantes que nos llegan desde diversos puntos de la nación. En algunos lugares hay agricultores que han comenzado a regar sus huertas con aguas fecales en un desesperado intento por paliar la pérdida de las cosechas; en otras regiones las mieses estaban, en el momento de la siega, con un grano apenas visible a causa del extremado raquitismo. Las reservas de agua de los pantanos descienden de manera paulatina a medida que el verano avanza y que la demanda de consumo, con las altas temperaturas, se dispara. Se habla de la peor sequía desde hace 60 años y aunque algunas lloviznas caen por aquí y por allá no son suficientes para aplacar la sed de los campos españoles que se abrasan sin que la anhelada lluvia haga acto de presencia.

De manera que Aragón, Andalucía, Castilla, Murcia, entre otras comunidades, miran al cielo esperando ver aparecer alguna nube que anuncie la llegada del precioso líquido. La ministra de Medio de Ambiente nos recuerda una y otra vez la importancia de ser responsables en el consumo de tan preciado bien, hasta el punto de penalizar económicamente a los que lo despilfarren o se excedan en el mismo. Para terminar de complicar las cosas el verano se presenta tórrido con elevadas temperaturas por encima de lo normal, lo cual ha reavivado la devoción popular, especialmente en medios rurales, donde los santos son sacados en procesiones para invocar su ayuda.

Y es que algo tan prosaico como la lluvia, 'la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta' en palabras de Francisco de Asís, nos toma la medida de nuestra verdadera condición. Porque si es cierto que somos capaces, con matemática puntería, de impactar con un proyectil en un cuerpo celeste situado a miles de kilómetros de distancia a una velocidad de 32.000 kilómetros por hora, lo cual puede hacernos pensar que somos autosuficientes, la falta de lluvias por un periodo prolongado de tiempo es causa suficiente para recordarnos que todo lo que somos y tenemos es prestado, cuestión que tenemos la tendencia a olvidar. De manera que es saludable la sequía porque por un lado nos humilla y por el otro nos hace mirar al cielo, si bien el cielo al que hemos de mirar no es tanto el atmosférico sino el otro.

Hubo un judío que vivió en el siglo XIV en Carrión de los Condes (Palencia) y fue autor de una de las más antiguas obras en castellano; se llamaba Don Sem Tob y escribió los Proverbios Morales , en los que el poeta se ocupa de forma sentenciosa de cuestiones tales como la transitoriedad de las cosas, la amistad o el amargo vivir. Consciente de pertenecer a una comunidad que vive en medio de una mayoría que le es hostil avisa a sus lectores de que no miren tanto al autor como a la verdad de sus dichos, pues:
'Non vale el azor menos
Por nacer en vil nio,
nin los enxemplos buenos
por los decir judio.'


En una de las estrofas habla sobre la ambivalente incoherencia que los humanos tenemos hacia este bien que es el agua , pues en ocasiones de escasez la anhelamos y en momentos de abundancia hasta la detestamos. He colocado en dos columnas el texto, poniendo en la de la izquierda el original en castellano antiguo y en la de la derecha la traducción al actual.

Sacan por pedyr lubia
las reliquias e crozes,
quando en tiempo non venia,
e dan por ella bozes.

E sy vyen amenudo,
enojanse con ella
e mal dizen al mundo
e la pro que vyen della.

Dizen: 'Sy quier non diese
pan nin vyno el suelo,
en tal que omre viese
ya la color del çielo!

Olbidado auemos
su color con nublados,
con lodos non podemos
andar por los mercados.'
Sacan para pedir lluvia
las reliquias y las cruces,
cuando a tiempo no venía,
y a ella llaman a voces.

Y si viene a menudo,
se hartan de ella
y maldicen al mundo
y el bien que procede de ella.

Dicen: 'Aunque sea que no diese
pan ni vino la tierra,
¡con tal de que uno viese
de una vez el color del cielo!

Olvidado tenemos
su color con tanto nublado,
con los barros no podemos
andar por los mercados.'


Recientemente en una de las muchas tertulias televisivas que pueden verse en las cadenas de televisión en España, preguntaba la moderadora en tono irónico quién era el culpable de la sequía en España, si la naturaleza, si Dios, si el Gobierno… Es una buena pregunta si fuera hecha sin sarcasmo . Claro que la respuesta no es fácil pues todo lo que tenga que ver con fenómenos meteorológicos es susceptible de interpretaciones encontradas. Por ejemplo, cuando se definió el 18 de julio de 1870 la Constitución dogmática por la que se proclamaba la infalibilidad papal, hubo tal tempestad sobre Roma en ese día que los cardenales contrarios a tal definición, que eran minoría, pensaron que ello era indicio claro del desagrado de Dios sobre la misma. Sin embargo, el resto de los cardenales vio en la misma una rememoración del formidable espectáculo que otrora ocurriera al pie del monte Sinaí, mientras Moisés recibía de Dios las tablas de la ley. Un solo suceso con dos interpretaciones contrapuestas.

El pasaje bíblico arriba indicado muestra una sequía en tiempos de Jeremías de la que el profeta no alberga dudas al señalar su causa: es la nación en conjunto la culpable de que algo así esté ocurriendo . Si miramos hoy a España, a gobernantes y gobernados, no creo que estemos en mejor posición moral y espiritual que la nación donde vivió Jeremías. Por eso no hemos de extrañarnos de que no llueva, lo realmente sorprendente sería lo contrario.

Y sin embargo… llegará un momento en el que lloverá. No porque vaya a haber un arrepentimiento nacional sino sencillamente porque Dios es bueno y hace llover sobre justos e injustos. Si bien la verdadera lluvia que España necesita desesperadamente no es la que todo el mundo aguarda impaciente sino una de otra clase, una lluvia espiritual. Pero eso lo dejo para otra ocasión.

Wenceslao Calvo es conferenciante, predicador y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2005, ProtestanteDigital.com, Madrid, España

 
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