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Número 89 - 08 de julio 2005
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Enfoque
JUAN ANTONIO MONROY
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El odio

Uno de los filósofos más importantes de nuestra época, el francés André Gluscksmann, afirma en un libro reciente que “el odio existe. El odio acusa sin saber. El odio juzga sin escuchar. El odio condena a la medida de su deseo. No respeta nada, cree en enfrentarse a un complot universal. Al final de la carrera, acorazado en su resentimiento, zanja el asunto con una dentellada arbitraria y soberana. Odio, luego existo”.

Otro autor que se emplea a fondo en el estudio de los mecanismos mentales, John Ruskan, afirma en su “Autoterapia emocional” que quienes acusan a otros de odiar, son aquellos que viven montados en el odio, los que se imaginan rodeados de enemigos, adueñados de pensamientos negativos, en guardia constante contra peligros que no existen.

Esta inquietante condición humana funciona normalmente en provecho propio y suele apartarse del principio de la realidad y de sus verdades. El hecho de que en ocasiones se enarbolen ideales que parecen sublimes, no cambia nada. Las heridas que producen en la psique humana el miedo, la ira, la envidia, la desconfianza y la violencia, tan difíciles de curar, conducen a situaciones de alerta.

Se acusa de odiar a quienes realmente se odia. Los papeles se invierten. Se oprime, se maltrata y se difama al otro tan sólo por ser distinto y por pensar de diferente forma. ¿Es que opinar es una forma de odiar? ¿Desde cuando? El odio es el sentimiento de un peligro presente en la persona de otro individuo. Pero ¿qué peligro existe en expresar lo que uno cree y siente? La peor forma de intolerancia, decía Unamuno, es la de aquellos que se creen dueños absolutos de la razón.

En toda mi vida no he odiado a una sola persona, por increíble que pueda parecer esta declaración. Es más, le quito la razón a Ramón y Cajal cuando dijo que carecer de odio es confesar que no se ama nada y que todo nos es indiferente. Se puede amar la vida y todo lo que en ella hay. Se puede estar interesado en las cosas grandes y en las pequeñas, pero para esto no es preciso odiar. El odio es como una cadena al cuello que te dificulta la respiración. El biólogo ruso Sergio Voronoff dice que un pensamiento de odio deprime tanto al que lo concibe como a aquél a quien va dirigido.

En la conocida fábula del lobo y el cordero, La Fontaine retrata a la persona que se cree odiada sin descanso y sin fin y toma venganza del inocente.
-Sé que de mi hablaste mal el año pasado, dice el lobo al cordero.
-¿Cómo pude yo hacerlo si no había nacido? Responde el cordero. Aún mamo de mi madre.
-Si no fuiste tú, sería tu hermano, sigue el lobo.
-No tengo hermano, replica el cordero.
-Pues fue uno de los tuyos, machaca el lobo; porque no me dejáis tranquilo; vosotros, vuestros pastores y vuestros perros. Me lo han dicho; tengo que vengarme.

Y lo hace. Se lleva al corderito arriba, al fondo de los bosques, y se lo come.

Cuando alguien se obstina en que el otro lo odia, poco se puede hacer. No acepta razones. Sus emociones internas están en activo, influyen y perturban. Deforman. La poderosa fuerza del recuerdo se impone a los clamores de la razón. Gluscksmann, a quien ya cité, recomienda no odiar, ni siquiera sentir odio al odio. Dice que el odio es sumamente estúpido en su voluntad original por igualarse a Dios. Satanás, la serpiente, el odio, la caída.

J.A. Monroy es un escritor y conferenciante internacional
© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, 2005 (España)

 
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