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El complemento perfecto
Este año estamos de fiesta, celebramos el 4º centenario del nacimiento literario de un hidalgo caballero andante: Don Alonso Quijada, Don Quijote de la mancha. Un personaje en el que se han centrado infinidad de miradas. Descrito de mil formas diferentes y que aún hoy, cuatrocientos años después, sigue sorprendiendo por su atípica manera de vivir. Una actitud algo alocada que despierta pasiones contradictorias: respeto, admiración, lástima...
En el transcurso de la novela quijotesca aparece este excéntrico aventurero acompañado por un personaje que poco o nada tiene que ver con él, Sancho Panza, un tipo gordinflón, de rudas formas, elemental, que decide seguir a Don Alonso más por interés que por amistad.
Es a lo largo de la obra, después de compartir experiencias muy particulares cuando Sancho comienza a demostrar una admiración extraña por su amo. Sancho es el complemento perfecto en la vida de Don Quijote.
Derrama grandes dosis de realismo contrastando el idealismo de este. Trata de poner los pies en el suelo a un ser que actúa como un héroe, contagiado por los personajes de las novelas de caballería con las que ha ido llenando su cabeza, llegando a transformar la realidad en algo ilusorio. Logra amoldarse a su señor de tal manera, que su conducta comienza a refinarse.
La lealtad de Sancho es una de las cualidades a resaltar en esa atípica fusión amiga. Una lealtad basada en el respeto. Él es un ser limitado que pone el toque necesario de realidad a una fantasía que acaricia los bordes de la locura.
Lealtad, fidelidad, valores en desuso. Palabras marchitas que aparecen carentes de interés.
Me arriesgo a hacer una comparación sutil, encontrando ápices de similitud entre la vida de Sancho con la del Job . No hay mucho en común, sin embargo ambos demostraron una gran fidelidad a sus respectivos señores.
Cuando la mujer de Job lanza esa frase plagada de temeridad en la que manifiesta qué necio era seguir manteniéndose integro, y con insensatez exclama: “Maldice a tu Dios y muérete.” Él sigue esgrimiendo fidelidad, incapaz de dejarse guiar por palabras llenas de incoherencia.
Igualmente Sancho recibe reproches por doquier, gente que no concibe la lealtad profesada a un demente, pero él ve más allá y descubre a un hombre que pocos conocen, una nobleza que pocos pudieron advertir en la figura escuálida del extravagante caballero.
La fidelidad de Sancho tendría una imaginaria recompensa, Don Quijote le ofreció gobernar una ínsula. Nuestro buen Dios nos otorgará algo que no tiene precio, un regalo inefable, él nos ha prometido que si somos fieles hasta la muerte nos dará la corona de la vida.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, ProtestanteDigital.com, 2005, España |
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