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Número 90 - 12 de julio 2005
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JUan simarro
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Desarrollo sostenible

Se podría considerar desarrollo sostenible, aquel que favoreciera un consumo digno para todos los habitantes del planeta, un consumo más igualitario y paritario entre todos los habitantes del mundo, sin agotar los recursos naturales del planeta tierra y sin dañar de forma irreparable sus ecosistemas. Si todos los pueblos del mundo, por ejemplo, reclamara y exigieran su derecho a usar el mismo papel que usamos en el 20% del mundo rico, y desde este sector del NORTE enriquecido se quisiera favorecer esta petición, los bosques del mundo se acabaría en unos pocos años.

Por tanto, el consumo que tiene el NORTE rico, en el cual nos encontramos los españoles, está totalmente fuera de lo que sería la aplicación del concepto de desarrollo sostenible. Más fuera están los EEUU que consumen, para seguir con el ejemplo del papel, siete veces más que la media mundial.

Este no obedecer ni adaptarse a este concepto de desarrollo sostenible y, sin embargo, no querer renunciar a los niveles de consumo adquiridos por el pequeño sector que componemos el mundo rico, hace que muchos habitantes del mundo, la inmensa mayoría, tengan que vivir en la escasez por la insolidaridad humana y que nuestros ecosistemas se vayan deteriorando, empobreciendo o desertizando.

Pero cuando vemos los problemas ecológicos o medioambientales de nuestro planeta, cuando contemplamos que nuestros recursos son escasos y muchos de ellos no renovables, ¿cuál sería la solución? Pensad en que si los países empobrecidos y despojados pudieran siquiera acercarse al 50% del desarrollo alcanzado en el NORTE rico, las emisiones de CO2 que emitiríamos los humanos acelerarían vertiginosamente los cambios climáticos y muchas tierras del SUR pobre quedarían anegadas y se restringirían sus pocas tierras de cultivo.

Al posicionarse sobre esta panorámica alguien podría ver la solución en el hecho de que se impidiese el desarrollo del SUR pobre , porque se plantea como una exigencia el que no se emita más CO2. Realmente, parece que la falsa solución va, aunque inconfesadamente, por ahí: reprimir el desarrollo real de los pueblos pobres para que los ricos no tengan que bajar sus niveles de consumo. Pero el hecho es que los pobres piden acceso a bienes de consumo y no podemos pedirles a ellos que frenen la emisión de CO2. Por tanto, la solución pasa por que, bajo el concepto de desarrollo sostenible, se pida a los pueblos ricos que hagan cambios en sus niveles de consumo, que reduzcan o renuncien a parte de ese bienestar tan desmesurado y que sean los mejor posicionados económicamente quienes den el paso hacia el auténtico concepto de desarrollo sostenible que implica una renuncia a sus niveles de consumo y de bienestar social.

La solución se plantea como un sistema de vasos comunicantes. Si presiono para que en un vaso suban los niveles, en el otro bajan. O sea, si lucho para que los países pobres crezcan en su desarrollo yo tengo que hacer renuncias que afectan a mi consumo y bienestar. Para conseguir esto haría falta la asunción de nuevos valores basados en la justicia social, en la solidaridad humana, en la projimidad y en todo lo que apoye la redistribución de bienes del planeta. Pero ¿entran dentro de nuestros parámetros sociales y económicos el aceptar emitir menos CO2, o sea, crecer menos, para que otros, más pobres o, mejor dicho, empobrecidos, aumenten su crecimiento? Realmente ni siquiera se está cumpliendo el protocolo de Kioto.

Por otra parte, ¿quién se atreve a cuestionar el sistema económico neoliberal de los países enriquecidos y despojadores? Quien se atreva a cuestionar el sistema será puesto rápidamente en el objetivo de la crítica: está cuestionando, nada menos, el sistema de vida de un 20% de la humanidad cuyo valor máximo está en la no renuncia a una economía que le permite mantener los niveles de consumo a los que se ha llegado. Sólo se trabaja para tener más, mucho más... aunque no se pueda disfrutar de ello por el cansancio y por el estrés de la vida consumista e insolidaria.

Se necesita un cambio de estilo de vida, unos cambios radicales de valores, un cambio rotundo en las prioridades , una priorización del ser sobre el tener, una reducción del egoísmo y un corazón más abierto hacia los más desposeídos y despojados. Y, ante la necesidad de estos valores para eliminar la muerte y el no-ser de tantas personas, se podría uno preguntar dónde está la fuente de donde se pueden beber estos valores tan urgentes y necesarios.

Los cristianos sabemos donde están esos valores. Los conocemos. Conocemos hasta los textos bíblicos de memoria, como el intérprete de la Ley que preguntaba que quién era su prójimo. Pero no basta con saber. Hay que vivir. No basta con conocer y estar de acuerdo con una línea de valores, sino que hay que vivirlos. Al intérprete de la Ley se le dio un imperativo de projimidad: “Haz tú lo mismo”. O sea, lo que hizo el Buen Samaritano: se paró, se manchó sus manos, compartió... y prometió volver. El reto para los cristianos está hoy en esta pregunta: ¿Estamos más identificados con el saber del intérprete de la Ley que con la actuación del Buen Samaritano? Si estamos en el lado del intérprete que sólo sabemos pero no queremos hacer renuncias a nada, no estamos en los parámetros cristianos.

Tenemos que asumir, necesariamente, el imperativo de acción: ponernos en marcha en la búsqueda de una solidaridad activa que impulse un auténtico desarrollo sostenible que quede emparentado con la implantación del Reino de Dios sobre la tierra. Lo otro es sólo teoría que suena en los oídos de Dios como un “címbalo que retiñe” que no puede aplacar el gemido de los pobres del mundo.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2005, Madrid, España.

 
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