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Número 91 - 22 de julio 2005
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JUAN ANTONIO MONROY
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¿Un futuro apocalíptico?

En mayo de 1971 el entonces secretario general de las Naciones Unidas, U Thant, vivió momentos dramáticos cuando una representación de científicos reunidos en la ciudad francesa de Menton, entre ellos cuatro premios Nóbel, le entregaron un documento en el que advertían de un peligro eminente para la tierra. “Existe la posibilidad –decía el documento- de que la vida quede total o casi totalmente extinguida en el planeta”.

Cuando los científicos transitan por caminos diferentes a los de su sabiduría y ejercen como profetas de Apocalipsis, portavoces de tragedias, mensajeros del terror, cuando ven el mundo desde el barro y la tormenta, es cuando se exponen al ridículo.

Han pasado ya 35 años desde aquél susto y la bomba de tiempo que anunciaban no ha estallado. Decía Toynbee que la civilización, tal como la conocemos, es un movimiento, no un final; un viaje que prosigue su marcha a través de los siglos, no una estación terminal. Con todo, los malos augurios nunca cesan. Algunos dicen que tenemos muchas posibilidades de desaparecer con una explosión, otros predicen un final lento. Martín Rees, en la actualidad profesor de cosmología y astrofísica en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, y autor del libro NUESTRO FIN DE SIGLO, ha dicho que los humanos sólo tenemos un 50 por 100 de posibilidades de sobrevivir al siglo XXI. ¿Y cómo lo sabe él? ¿Se lo ha dicho Dios llamando a su teléfono celular?

Otros científicos ingleses de nuestros días se unen a Martín Rees en sus augurios apocalípticos. Siete de ellos expresaron sus opiniones en un artículo que publicó el diario inglés THE GUARDIAN el pasado mes de abril.

Nick Crooks, investigador del cambio climático en la Universidad de East Anglia, cree que estos cambios “pueden conducir a una inseguridad alimentaria global y al colapso generalizado de los sistemas sociales”.

Bill McGuire, director del Centro de Investigación de Riesgos en la University College de Londres alerta sobre la posibilidad de un supervolcán cuyos efectos para la tierra serían 12 veces más dañinos que el impacto de un meteorito.

La profesora María Zambón, viróloga, jefa del Laboratorio de la Agencia de Protección de la Salud dice que “cada siglo, grandes pandemias azotan al mundo y es inevitable que, al menos una ocurra en el futuro”. Arrepentida tal vez de habernos puesto en alerta 10, específica a continuación: “No tiene interés para un virus matar a todos sus huéspedes, así que no es probable que un virus arrase con la especie humana”. Menos mal. Nos deja la esperanza.

Para Donald Yeomans, director de la Oficina del Programa de Objetos Cercanos a la Tierra de Nassa, “a escalas de tiempo muy grandes, el riesgo de morir como resultado del impacto de un objeto cercano a la Tierra es aproximadamente equivalente al riesgo de morir en un accidente de avión”. Mucho riesgo es este. Consuela saber que se avecina a escalas de tiempo muy grandes. Podremos desayunar mañana tranquilamente, sin temor a que el objeto mortífero caiga en nuestra taza de café con leche o de té con limón.

Más miedo en el cuerpo. El profesor de Física de la Universidad Hebrea de Jerusalén nos advierte que cada pocas décadas una estrella masiva de nuestra galaxia explota y los rayos cósmicos, partículas de alta energía, “salen en todas direcciones y si la tierra se pone en su camino, puede provocar una edad de hielo”. Puesto que estamos avisados, alertaremos a la Tierra que tome otro rumbo donde el frío no sea tanto.

Y llegan los agujeros negros. No podían faltar. Richard Wilson, profesor de Física en Mallinchrodt Research University de Harvard predice que la Tierra entera pude ser tragada por un agujero negro, aunque inmediatamente rectifica y dice que esto no ocurrirá cuando las partículas colisionen. ¡Qué peso nos quita de encima!.

De siete metemiedos uno se desmarca. Hans Moravec, catedrático del Instituto de la Universidad Carnegie Mellon en Pittsburg, nos habla de los robots del futuro. Afirma que para el año 2050 –todos estaremos calvos- estos robots “tendrán una capacidad mental similar al humano”. Diagnosticarán nuestras enfermedades, cuidarán de nosotros y –atentos- “nos ofrecerán la mayor oportunidad que jamás hemos tenido de inmortalidad cargándonos nosotros mismos en robots avanzados”.

¡Por fin! ¡El sueño de las edades, cumplido! Seremos inmortales aquí en la tierra, aunque tengamos que cargar nuestras pilas corporales con las energías de la máquina! Así lo dice un sabio.

Estos sabios, ¿no tienen un mensaje de alegría, de confianza en el ser humano, de esperanza en el futuro? ¿Sólo nos auguran catástrofes, ruinas, destrucción? Como en la obra de Buero Vallejo, una ARDIENTE OSCURIDAD ennegrece el futuro. Anticipan el Apocalipsis mundial. El final que pronostican es el de un cementerio sin flores.

A Dios gracias, nunca aciertan. Cuando Robert McNamara era presidente del Fondo Monetario Internacional en 1980, dijo: “Está a punto de comenzar lo que promete ser una época muy crítica”. Ocurrió lo contrario: la década a la que se refería fue de prosperidad económica. Por aquellos días, el ya ex-secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger advirtió en Berlín que el quinquenio 80 al 85 sería “peligroso, sombrío, de funestos presagios”. Y resultó al revés. El mismo sigue vivo. Y ha cumplido ya 82 años.

¿Por qué todos estos agoreros, charlatanes unos y supuestamente sabios otros, no aprenden la lección de los cielos, la única que no falla? Es Dios quien controla la Historia y dirige los pasos del hombre. El destino humano sólo El lo conoce.

Hoy flota sobre la humanidad un sentido de vértigo ante la nada, un vacío que ha rebasado la interioridad del individuo y le afecta metafísicamente. Es el vacío que produce la ausencia de Dios. El vacío es la nada. Dios está en todas partes y El da sentido a la nada. Con Dios, el futuro de la Tierra y de quienes en ella vivimos no será jamás un futuro trágico
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J.A. Monroy es un escritor y conferenciante internacional
© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, 2005 (España)

 
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