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Número 92 - 26 de julio 2005
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JUan simarro
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Fanatismo identitario

Hoy en día, en un mundo global y en el que se están viviendo las fuertes corrientes migratorias que están convirtiendo nuestras ciudades en escaparates del mundo en donde se dan las circunstancias para que las ciudades se conviertan en ciudades interculturales o pluriculturales, también se dan, como respuesta, ciertas vivencias de la propia identidad que pueden ser peligrosas porque caen en la negación del otro, del diferente y pueden ser caldos de cultivo para el racismo y la xenofobia. Cuando caemos en absolutismos identitarios, cuando sacralizamos al propio grupo, la propia patria o nación, es cuando estamos cayendo en los fanatismos identitarios, cuando estamos rechazando la identidad del otro, cuando estamos cayendo en una idolatría que puede ser del terruño, de la cultura o de las propias formas religiosas de vivir la espiritualidad.

Pero todas ellas, idolatrías al fin y al cabo. Idolatrías que pueden ser vividas en el propio seno de la iglesia, cuando pensamos que nuestras formas de culto son las únicas verdaderas y correctas y reprimimos la identidad religiosa de los otros, sean o no inmigrantes.

Si nos autocentramos en la vivencia de nuestra propia identidad, con un punto de vista unidimensional, podemos caer en dos posibles formas excluyentes: considerar que nuestra identidad cultural es superior en todo al del otro que acaba de llegar a nuestro grupo, o el hecho de dejarles arrinconados pasando de largo y olvidando incluso su existencia entre nosotros. Es una forma de marginación desde parámetros identitarios. Y cuanto más nos aferremos a nuestro patrón identitario, considerándolo como único, modélico, absoluto, perfecto y completo o totalizante, más fácil es la caída en el fanatismo identitario, que pueden ser los ídolos malignos de nuestro presente y realidad histórica que nos ha tocado vivir. Eso puede ocurrir también con nuestra propia identidad religiosa, pudiendo caerse en autoritarismos religiosos que imponen formas carentes de respeto con respecto a las identidades particulares de los otros, sean estos inmigrantes o no.

Cuando en la iglesia se sacralizan las formas y se quiere erradicar las diferencias culturales cerrándose a un diálogo intercultural que se puede dar entre culturas abiertas, cuando se tiene miedo de la diversidad y de la realidad pluricultural que se mueve en el seno de nuestras ciudades, se pueden caer en posicionamientos totalitarios religiosos que son un pecado contra Dios y contra el prójimo. No se respeta a las minorías y se tiende a la asimilación de todas ellas. Muchas veces es por inseguridades internas, dentro del seno de las iglesias, que lleva a las congregaciones a cerrarse sobre sí mismas defendiendo una identidad religiosa excluyente. Todo eso va a dar lugar a hostilidades internas y al hecho de que muchos se sientan extranjeros dentro del seno de la Iglesia, cuando la iglesia no puede ser extranjera en ningún lugar de la tierra ni para ningún hombre independientemente de su procedencia, raza o lengua.

Deberíamos hacer esfuerzos para evitar el analizar las culturas, que pueden entrar en nuestras iglesias desde la ciudad intercultural o pluricultural, desde el prisma totalizante y absoluto de nuestra propia identidad cultural, no sea que caigamos en autoafirmaciones excluyentes impropias del cristianismo que es universal y se puede expresar en el seno de cualquier cultura. Muchas veces lo que ocurre es que nos cerramos en una cosmovisión mutilada del mundo y lanzamos nuestros juicios ciegos desde ella. Sólo vemos la propia perspectiva. Perdemos todas las ricas dimensiones de la cultura del otro que se ha acercado a nuestras puertas. Nos empobrecemos y perdemos una oportunidad de enriquecimiento cultural en el diálogo abierto con otras culturas. No nos damos cuenta que las culturas no son ni mejores ni peores, sino que parten de realidades diferentes y de paradigmas distintos que, si nos abrimos a ellos y los analizamos, siempre salimos enriquecidos.

En el seno de muchas iglesias se tiende a pensar que tienen la verdad absoluta, incluso en lo relativo a formas culturales religiosas. Tenemos una visión totalizante y absoluta de nuestra identidad religiosa. Pero cuanto más totalizantes, más peligrosas son las identidades. De ahí que surjan muchos fanatismos identitarios y muchas de las intolerancias tengan su fundamento en este tipo de vivencia de la identidad religiosa. Pero a una relación y a una experiencia personal con Dios se puede llegar desde el seno de cualquier cultura. Y, debido al fuerte concepto de projimidad que tiene el cristianismo, la vivencia de la espiritualidad cristiana nunca se da de forma individualista, siempre se da comunión, de forma relacional, favoreciendo la común unión que debe reinar entre los hermanos que tenemos un mismo Padre.

Por eso los cristianos debemos tener cuidado de no acentuar identidades excluyentes y abrirnos a otros paradigmas o parámetros culturales, fundamentalmente en la experiencia vivida en nuestras congregaciones en relación con los inmigrantes... siguiendo el ejemplo del Maestro que estuvo abierto totalmente a las minorías, fundamentalmente cuando éstas estaban en desventaja social.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2005, Madrid, España.

 
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