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Nace Unamuno en Bilbao en 1864. Siempre se sintió profundamente vasco y español, lo que le influyó en su sentido y uso de la lengua española. Es el tercer hijo y primer varón, tras María Felisa y María Jesusa, del matrimonio de Don Félix de Unamuno, comerciante, con su sobrina carnal, Salomé Jugo. Más tarde nacerán Félix, Susana y María Mercedes. A los seis años de edad muere su padre y Miguel queda a cargo de su abuela, Benita Unamuno, de quien nos dirá que recibió el coraje de la vida civil, y de su madre, de quien recibió su religiosidad. Su hermana María Jesusa había muerto en 1867 y María Mercedes, que nace en 1868, muere el año siguiente. Su casa es un hogar de mujeres, que de una manera u otra influyen en su comportamiento. A los nueve años celebró la primera comunión en la parroquia de los Santos Juanes. Entre los componentes del grupo de catequesis estaba una chica llamada Concha Lizárraga, que más tarde sería su mujer.
A los diez años, asiste como testigo al asedio de su ciudad durante la segunda guerra carlista (lo que luego reflejará en su primera novela, Paz en la guerra). Había acabado sus primeros estudios en el colegio de San Nicolás y se disponía a entrar en el instituto. Bilbao, su ciudad natal, se encontraba sitiada por las tropas carlistas desde hacía meses. Muchos de estos carlistas eran hijos de aquellos otros que provocaron la «Guerra de los siete años». La opinión pública se hallaba dividida entre liberales y carlistas, en el frente se defendían los ideales a tiros, mientras en la retaguardia se intercambiaban insultos. Se corrió la voz de que los carlistas iban a bombardear Bilbao. Unos creyeron la afirmación, mientras que otros hicieron caso omiso. De todas formas, muchos bilbaínos prefirieron irse de la ciudad. Entre los que no abandonaron Bilbao estaba Doña Salomé; quizá no quería asustar a los niños o no se creyó la noticia que vagaba por el ambiente. Cuando llegó el día 21 de febrero, día del bombardeo, la familia Unamuno se refugió junto con los demás vecinos en los sótanos de la confitería de unos parientes. Durante la guerra, la vida pierde normalidad, el principal atractivo para Miguel era el no asistir al colegio. Doña Salomé no dejaba salir a sus pequeños, aunque el espíritu explorador de Miguel lo intentara, con resultado fallido, en varias ocasiones. Hasta el 2 de mayo de 1874, cuando las tropas libertadoras entraron en Bilbao, no acabaron los bombardeos sobre la ciudad. Miguel presenció el desfile de los soldados subido a un banco del paseo del Arenal. La guerra tocaba ya a su fin, pero le marcará para siempre.
Se traslada, a los dieciséis años, a Madrid para estudiar Letras. La pensión donde va a hospedarse, conocida por “La Casa de Astrarena”, cuesta tres pesetas diarias, todo incluido y está localizada en la calle Montera. A Miguel el jaleo de sus compañeros de hospedaje no le agrada. Él ha ido a Madrid a estudiar y a ello dedica encarecidamente sus momentos libres. No sale por la noche, el recuerdo de Concha, su novia, le acompaña noche y día. Obtiene la licenciatura en Letras, con calificación de Sobresaliente, en 1883, a sus diecinueve años. Al año siguiente, se doctora con una tesis sobre la lengua vasca: Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca, en la que anticipa sus posturas contrarias al nacionalismo vasco de Sabino Arana. Vuelve a Bilbao, iniciándose en la literatura con una serie de artículos en los que muestra una tendencia política socialista.
El 31 de enero de 1891 se casa con Concha Lizárraga, de la que estaba enamorado desde niño. El matrimonio le trae a Miguel la apacible y tan esperada felicidad. Pasa los meses invernales dedicado al estudio. Está preparando unas oposiciones para una cátedra de Griego en la Universidad de Salamanca. Regresa a Madrid, donde se realizan las oposiciones, y gana la cátedra de griego de la Universidad de Salamanca, ciudad en la que vivirá —con los paréntesis forzados o voluntarios de sus destierros— hasta su muerte. Con motivo de la preparación de dichas oposiciones, entabla amistad con el granadino Ángel Ganivet (el llamado precursor de la generación del 98, pero sólo un año más joven que Unamuno); amistad que se irá intensificando hasta el suicidio de aquél en 1898. En Salamanca nacerán todos sus hijos, menos el primogénito que vendrá al mundo en Bilbao en 1892.
En 1896, su tercer hijo, Raimundo, sufre un ataque de meningitis, del cual se le desarrollará una hidrocefalia. El niño morirá en 1902.
En 1897 sufre una profunda crisis religiosa. Ese mismo año se da de baja en el Partido Socialista, en el que militaba desde 1894. Su espiritualismo absorbente, la obsesiva forma de la religiosidad unamuniana, va a configurar de manera decisiva su apartamiento radical del marxismo (materialismo histórico y dialéctico) y también en general, de las ideologías progresistas.
En 1901 es nombrado rector de la Universidad de Salamanca. La importancia de su magisterio intelectual se va acentuando. Desde allí publica continuamente obra ensayística, poesía, teatro y narración, además de numerosísimos artículos en la prensa, con los que interviene en la actualidad política.
De 1913 es un conjunto unitario de ensayos, que ya habían aparecido por separado en la prensa: Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (la última parte del título —en los hombres y en los pueblos— se suele soslayar, porque, de hecho, el libro es personal, individual). Se trata, sin duda, de su libro más importante en la línea de la prosa de ideas.
En 1914 el ministro de Instrucción Pública lo destituye del rectorado por razones políticas. Unamuno aparece entonces como el mártir de la oposición liberal. Sus escritos sobre la Primera Guerra Mundial polarizaron a la opinión pública. Así, pese a que no estaba afiliado a ningún partido, pudo escribir en 1917: «Tengo la convicción de influir en la política [...] española más que la inmensa mayoría de los diputados y los senadores».
En 1920 es elegido por sus compañeros decano de la Facultad de Filosofía y Letras. Es condenado a dieciséis años de prisión por injurias al rey, pero la sentencia no llegó a cumplirse. En 1921 sus compañeros, de nuevo, lo nombran vicerrector. Sus constantes ataques al rey y al dictador Primo de Rivera hacen que éste lo destituya nuevamente de sus cargos universitarios, y lo destierre a Fuerteventura en febrero de 1924. El 9 de julio es indultado, pero él se destierra voluntariamente a Francia; primero a París y, al poco tiempo, a Hendaya, en el país vasco-francés. Allí permaneció hasta la caída de Primo de Rivera (1930) y puede regresar triunfalmente. Sobre Unamuno político, escribió Antonio Machado en ese mismo año:
En 1931, con la llegada de la República, es reintegrado al rectorado salmantino. Se presenta a las elecciones a Cortes y es elegido diputado como independiente por la candidatura de la conjunción republicana. En 1933 decide no presentarse a la reelección. Al año siguiente se jubila de su actividad docente y es nombrado Rector vitalicio, a título honorífico, de la Universidad de Salamanca, que crea una cátedra con su nombre.
En julio de este año de 1934 muere Concha, su mujer: [...] se me fue mi santa mujer (q.e.D.g.) que era mi costumbre y mi alegría, y me daba lo que siempre más me faltó: serenidad y contento de vivir. Nunca creyó en la muerte, como yo nunca he creído en la vida.
En 1935 es nombrado ciudadano de honor de la República.
Al iniciarse la guerra civil, apoya durante un breve periodo de tiempo a los rebeldes, creyendo las palabras iniciales de éstos de querer restaurar el propio orden republicano. Azaña lo destituye como rector honorario, pero es repuesto por los nacionalistas. El 12 de Octubre de 1936, en el acto de inauguración del curso académico, se produce su célebre enfrentamiento con el general Millán Astray.
En este célebre acontecimiento influye de manera especial la figura de Atilano Coco, pastor de la IERE (Iglesia Española Reformada Episcopal, Comunión anglicana) que fue fusilado por las fuerzas de Franco junto con el alcalde de la ciudad y dos concejales en 1936, al comienzo de la Guerra Civil. El delito de Coco, íntimo amigo de Miguel de Unamuno quien luchó por salvarle la vida, fue pertenecer a una iglesia protestante y, por tanto, enemiga del régimen; además de ser masón. El fuerte discurso de Unamuno en la inauguración del curso académico está garabateado en el sobre de la carta que le acaba de entregar la esposa de Atilano Coco, en la que le anuncia la negativa de Franco de perdonar a su esposo a pesar de la intercesión de Unamuno.
Ante los gritos de Millán Astray al discurso de Unamuno de «¡Viva la muerte!», «¡Mueran los intelectuales!» , «Muera la inteligencia!»... Unamuno le corta el uso de la palabra: «En este sacrosanto templo del saber, no pueden proferirse tales palabras» (dicen que dijeron que dijo, que en este caso, como en sus novelas, los puntos de vista se multiplican).
Al día siguiente, es puesto bajo arresto domiciliario. Su último poema está fechado tres días antes de su muerte («28, día de inocentes, XII-36»):
Morir soñando, sí, mas si se sueña
morir, la muerte es sueño; una ventana
hacia el vacío; no soñar; nirvana;
del tiempo al fin la eternidad se adueña.
Vivir el día de hoy bajo la enseña
del ayer deshaciéndose en mañana;
vivir encadenado a la desgana
es acaso vivir? Y esto qué enseña?
¿Soñar la muerte no es matar el sueño?
¿Vivir el sueño no es matar la vida?
¿a qué poner en ello tanto empeño
aprender lo que al punto al fin se olvida
escudriñando el implacable ceño
—cielo desierto— del eterno Dueño?
En otro poema, fechado en la «Noche Vieja de 1906» había escrito:
[...] y me digo: «Tal vez cuando muy pronto
vengan para anunciarme
que me espera la cena,
encuentren aquí un cuerpo
pálido y frío
—la cosa que fui yo, éste que espera—,
como esos libros silencioso y yerto,
parada ya la sangre,
yelándose en las venas,
el pecho silencioso
bajo la dulce luz del blando aceite,
lámpara funeraria.»
Tiemblo de terminar estos renglones
que no parezcan
extraño testamento,
más bien presentimiento misterioso
del allende sombrío,
dictados por el ansia
de vida eterna.
Los terminé y aún vivo.
Justamente treinta años más tarde a la realización de este poema, el 31 de diciembre de 1936, encuentra a su vieja amiga, la muerte, sentado en la camilla en donde solía trabajar y conversar en años pretéritos.
Durante su vida nantuvo una actitud crítica hacia el protestantismo español en algunos aspectos, pero a la vez se relacionó en su afición epistolar con conocidos líderes de su tiempo, y acudió a varios actos evangélicos como invitado.
También es de destacar que aprendió el danés para leer al teólogo y pastor protestante de este país, Sören Kierkegaard.
En definitiva, se relacionó desde la normalidad de la convivencia -con sus diferencias y puntos comunes o de interés- con los cristianos evangélicos o protestantes de su tiempo, a la vez que supo luchar y sufrir por sus amigos protestantes, especialmente el salmantino Atilano Coco.
Nuestro reconocimiento a su figura como genio, como intelectual, y como alguien que supo en tiempos difíciles ser amigo de los protestantes.
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