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El dolor se va, la belleza queda
Pocas cosas nos ayudan a crecer tanto como cuando estamos en medio de una tormenta. Las situaciones difíciles de la vida son las que fortalecen nuestro carácter. Nada “aborrega” más que la comodidad, ni nada nos deja más ociosos que una vida con todos nuestros deseos satisfechos y nuestra vida llena sin haber pasado ningún dolor.
El pintor Henri Mattisse, pintaba con muchísima dificultad, porque tenía artritis. No sólo tenía que soportar la casi imposibilidad de mover sus articulaciones, sino que además sufría un dolor insoportable.
Cuando le preguntaron la razón por la que seguía pintando, a pesar de tener fama y una buena posición, respondió: “El dolor desaparece, la belleza queda”
Es muy difícil hablar de la belleza del dolor, porque casi nadie quiere entenderlo. Quizás sólo los que están sufriendo en este momento están esbozando una sonrisa al leer estas palabras, pero sigue siendo rigurosamente cierto. El dolor crea belleza, el dolor puede ser uno de nuestros mejores amigos
El sufrimiento y el dolor pueden ser dos de los mejores médicos del alma que tenemos, porque nos curan de nuestros engaños interiores, de los fatales, de los que tienen consecuencias imposibles de medir, para nosotros y para los demás. El dolor muestra lo que hay en lo más profundo de nuestra vida, y trae a la luz lo que realmente somos por dentro.
Nos libra de las quejas. Nos salva de la necesidad que tenemos siempre de ser los protagonistas, de estar en el centro de todo. Nos ayuda a no caer en la tentación de pensar que nuestra vida es más valiosa que la de los demás, que otros tienen que ser nuestros “siervos” y que tenemos derecho a pensar y hacer lo que nos venga en gana.
El sufrimiento nos quita el deseo de tener todas las cosas que queremos, y de hacer valer nuestros derechos. Nos ayuda a tratar bien a todas las personas, incluso aquellos que a los ojos de otros parecen insignificantes, porque cuando sufrimos, nos damos cuenta que tienen un valor impresionante. Nos ayuda a querer pasar tiempo con todos, no sólo con aquellos que creemos “importantes”
El dolor nos enseña que el mundo no gira a nuestro alrededor. Muchas veces necesitamos sufrir para apreciar sinceramente lo que somos, lo que tenemos y el valor de quienes están a nuestro lado.
El último brillo del dolor es enseñarnos a disfrutar de la vida. Nos muestra las cosas que merecen la pena y por el contrario, las que nos hacen perder el tiempo. Busca lo más profundo de nuestra alma para hacer reflotar los sueños que merecen la pena y aborrecer la confianza que teníamos en la apariencia.
El sufrimiento nos ayuda a crear belleza, porque como casi siempre ocurre, sólo del dolor puede surgir el arte.
Jaime Fernández Garrido es escritor, músico y director del programa «Nacer de Novo» (TVG)
© J. Fdez. Garrido, ProtestanteDigital.com (España, 2007).
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