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Número 141 - 12 de Septiembre de 2006
 

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Juan Simarro

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El templo del dios Mammón

El dios Mammón ha triunfado. No hay ninguna catedral ni iglesia de ninguna confesión religiosa que pueda tener templos similares a los que posee el dios Mammón. Ninguno tiene tanta luminosidad, tanto lujo y que tenga la afluencia de adoradores que este dios tiene. Templos con diferentes plantas, escaleras mecánicas que suben de una planta a otra de estos templos eliminando la posible fatiga de los adoradores. En cada una de sus plantas hay ofertas diferentes, multitud de sacerdotes y monaguillos que nos incitan a rendirnos ante la fuerza de este dios entronizado por las riquezas y el lujo.

Casi nadie deja de visitar, semana tras semana, estas sedes en donde somos tratados con amabilidad por los sacerdotes, monaguillos y funcionarios de este dios del dinero, del lujo y del consumo. Hoy, casi nadie se resiste al atractivo de estos templos: los grandes centros comerciales.

Son el símbolo del consumo. Alrededor de ellos se muevan las masas de población. Unos, los ricos, con el deseo de adquirir todo tipo de objetos que nos hagan la vida más agradable. Los pobres, mirando e imaginando lo que podrían comprar si llegaran a ser más favorecidos por este dios. Los sumidos en la pobreza severa, tienen vetado el acceso, pues los templos del dios Mammón tienen sus agentes de seguridad, entrenados en los seminarios mammonistas, para saber detectar quién es el que no puede entrar allí. De ahí que muchos pobres de solemnidad, desarrapados, sucios y malolientes, se tengan que conformar con el deambular por sus alrededores, mirar con envidia los escaparates y ver si, al final del día, algunos de los productos ya cercanos a su fecha de caducidad o deteriorados, se tiran a los cubos o contenedores en donde ellos buscan y, a veces, tienen la suerte de ser bendecidos por algún rayo del lujo de este dios tan popular en el mundo de hoy.

A veces, el dios Mammón se torna generoso y anuncia rebajas en sus beneficios. Es entonces cuando las colas de las masas enardecidas esperan a que el templo se abra por las mañanas para poder aferrarse a las mejores ofertas. Así, estos templos y este dios, apresa a muchas mentes y a muchos corazones que se hacen esclavos del mammonismo. Es tal la fuerza de su oferta, que muchos de los hombres hacen girar sus vidas y sus trabajos en torno a las posibles bendiciones de este dios del consumo.

Los pensamientos de los hombres, sus ilusiones, sus anhelos y todos sus principios y objetivos, giran en torno a la adoración de este dios. A él se le dedica la mayor parte del tiempo que dedicamos al culto. Incluso los que desean adorar solamente al verdadero Dios, se inclinan idolátricamente ante este dios incompatible con el Dios de la gracia y la misericordia. El centro del ritual no va a ser el Sagrario, ni la Biblia, ni el crucifijo, ni la cruz vacía para los que piensan más en el Jesús resucitado. El centro va a ser el ideal de la posesión, el tener por encima del ser, el ansia de acumular por encima de la tranquilidad y la paz. Es la mayor idolatría de nuestro tiempo.

El dios Mammón con sus templos profanos y seculares, es el gran desafío de la fe cristiana, de sus ideales y de la vivencia de una auténtica espiritualidad, tal y como la marca la Biblia y las enseñanzas de Jesús. El dios Mammón nos llena de objetos y nos vacía de sentido, nos deja insatisfechos. Experimentamos una especie de vacío espiritual y existencial que, engañosamente, el dios Mammón y sus sacerdotes nos quieren hacer creer que se colma o se sacia con la compra de nuevas cosas, nuevas diversiones, nuevas experiencias basadas en el consumo. El hombre lo intenta, pero sigue experimentando una sed de misterio, de espiritualidad, de que el mundo vuelva a ser reencantado como en los tiempos primitivos y podamos volver a ver a Dios entre las rendijas que va dejando el consumismo.

El hombre, en su consumos desmedido, quiere entroncar, una vez más y como volviendo al pasado, con esa matriz mítica que echa de menos para calmar sus ansias de sentido. En medio de los objetos y de la atracción de los escaparates, siente la necesidad de alguna otra respuesta que le aporte nuevo sentido a la existencia. Pareciera que el mundo no está satisfecho con el triunfo de Mammón, ni con las ofertas de sus sacerdotes, los monaguillos del consumo. Tanta concreción, tanto objeto, tanta oferta de compra, ha cerrado las vías que la naturaleza del hombre tiene hacia el misterio. Y, en el fondo de su ser, necesita abrir de nuevo esos cauces en búsqueda de sentido. Es por eso que, en muchos ambientes, vuelven los demonios del pasado, el ocultismo, el esoterismo, las nuevas espiritualidades. El hombre necesita respirar espiritualidad, anhela que, de alguna manera, vuelva a resurgir en el la fe… ¿fe en qué o en quién?

Quizás el dios Mammón nos ha desorientado de manera que no podamos vislumbrar bien la oferta del Dios de la vida y de la verdad. Así, nos lanzamos en una búsqueda de las ofertas de los viejos demonios. Muchas veces se centran en una espiritualidad ecológica. El hombre necesita codearse con el misterio, ver que entre lo humano y lo divino hay cierta continuidad. Pero en lugar de volver al Dios de la vida, muchos están volviendo a todo tipo de magias y encantamientos. ¿Será que la oferta del Dios verdadero no está siendo clara y consecuentemente expuesta por los sacerdotes, pastores e iniciados en los templos del Dios de Moisés, de Abraham y de Jacob? ¿Será que muchos hombres de hoy se vuelven a la credulidad que les ofrecen todas estas nuevas, pero falsas espiritualidades, porque el mensaje de los cristianos no está llegando con coherencia? ¿Quién tuerce los caminos de la vuelta a la auténtica divinidad? Quizás es que el cristianismo necesita un nuevo resurgir, un nuevo avivamiento en compromiso con el hombre, que haga a éste reaccionar, girar y dar la vuelta hacia el Dios de la vida.

Juan Simarro Fernández es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2006).

 

 
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