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Número 178 - 29 de Mayo de 2007
 

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J. A. Monroy

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¿Santo Orangután o Padre Nuestro?

No hay otras alternativas: o admitimos que hemos sido creados por el Padre nuestro que está en los cielos o que descendemos por evolución de ese santo orangután antropoide, pesado, encorvado, barrigudo, originario de Asia y que en la actualidad sólo sobrevive en Borneo y Sumatra.

-Es que la ciencia dice…..
-¿Qué dice la ciencia? Algunas verdades y muchas mentiras.

El científico británico Richard Smith, 13 años al frente de la prestigiosa revista “THE BRITISH MEDICAL JOURNAL”, cuatro premios de periodismo médico, confiesa a la periodista María Sainz (“El Mundo” 5-5-2007): “Es más fácil hacer trampas con la ciencia que en un casino”.

Lo que ahora afirma Richard Smith lo anticipó el biólogo español, y cristiano, Antonio Cruz en dos libros bien documentados: “LA CIENCIA, ¿ENCUENTRA A DIOS?” y “DARWIN NO MATÓ A DIOS”. Cuando se sale de sus propios límites naturales “la ciencia se deslegitima automáticamente y se convierte en pura especulación ideológica”, escribe Cruz en el primero de los libros citados. En el segundo, refiriéndose a la teoría o teorías de la evolución, el autor añade: “El origen del hombre es un asunto tan escurridizo que resulta prácticamente imposible de asir con los limitados guantes de la ciencia…. No parece probable que el profundo abismo existente entre los partidarios de la evolución del hombre y los partidarios de su creación directa pueda ser salvado mediante el descubrimiento de nuevos fósiles”.

La teoría de la evolución, que tantas polémicas ha provocado desde que Carlos Darwin publicara en la segunda mitad del siglo XIX dos de sus libros más conocidos, “SOBRE EL ORIGEN DE LAS ESPECIES POR MEDIO DE LA SELECCIÓN NATURAL “ y “EL ORIGEN DEL HOMBRE”, comenzó a apuntar hacia finales del siglo XVIII. Denis Diderot, quien dirigió la redacción de la Enciclopedia francesa, amigo de Voltaire y de otros intelectuales que defendían la idea de un materialismo racionalista, anunció en 1754 que en cuestión de un siglo Europa se quedaría sin matemáticos, pero que al mismo tiempo se operaría “una gran revolución en el campo de la ciencia biológica”.

La nueva ciencia trataría de penetrar los misterios de la vida, escarbando en sus raíces para determinar los orígenes.

Por la misma época hace acto de presencia otro francés, Georges Louis Leclere de Bufón. Este botánico publicó una obra en 36 volúmenes titulada “HISTORIA NATURAL”. Bufón señaló la posibilidad de que el hombre no descendiera por creación directa de Dios, sino por evolución de un ser primitivo. Los sesudos eclesiásticos católicos que dirigían la Universidad de la Sorbona, en París, cargaron contra Bufón con tanta fuerza y tantos medios, que el hombre, al igual que hizo en su día Galileo, se vio obligado a rectificar por escrito. “Declaro –afirmó- que no he tenido intención alguna en contradecir los textos de la Escritura; yo creo firmemente todo cuanto la Biblia dice”.

No era verdad. No creía a la Biblia. Lo publicó así para salvar su empleo y tal vez su cuello pero la semilla de la evolución ya estaba sembrada en el campo de la ciencia.

La teoría pasó de Francia a Inglaterra. Unos quince años antes de que Carlos Darwin naciera, su abuelo Erasmus Darwin amplió las ideas de Leclere de Bufón en dos libros llamados “ZOONOMIA” y “EL TEMPLO DE LA NATURALEZA”.

Hacia 1810, casi coincidiendo con el nacimiento de Carlos Darwin, el biólogo francés Jean-Baptiste Lamarck publica “HISTORIA NATURAL DE LOS INVERTEBRADOS”, “FILOSOFÍA ZOOLÓGICA” y “SISTEMA DE CONOCIMIENTOS POSITIVOS DEL HOMBRE”. Lamarck, quien murió ciego y con la razón perdida, perfeccionó en sus escritos las ideas evolucionistas que estaban en debate. Para muchos científicos partidarios de la evolución fue Lamarck y no Darwin el padre de la discutida teoría.

Llegamos a 1871, año en el que Carlos Darwin publica su libro clave, “ORIGEN DEL HOMBRE Y SELECCIÓN EN RELACIÓN CON EL SEXO”. Aquí Darwin concluye que todos los seres humanos descendemos de la familia de los simioides. Según él, procedemos de un “cuadrúpedo peludo, provisto de cola y de orejas aguzadas, probablemente de costumbres arbóreas y que habitaba en el antiguo continente…”.

Muy bonito. Lindo. Pero a éste cuadrúpedo, ¿quién le dio vida? Responde Darwin: “A su vez, este simioide, como todos los vertebrados, debe de remontarse, en su origen primero, a un animal acuático semejante a la ascidia (hoja en forma de urna) de mar”.

Cabal. Pero seguimos a oscuras. Porque si ese animalito acuático saltó del agua a la tierra y dio origen al espectáculo de la evolución, debió tener vida, tendría que haber sido un ser vivo, porque es un principio elemental que la muerte no puede engendrar la vida. Y si el animalito habitaba vivo en las aguas submarinas, ¿quién lo colocó allí, quién le insufló la vida?

La teoría de la evolución quiere que arranquemos las primeras páginas de la Biblia y las sustituyamos por otras del Origen del hombre.

La teoría de la evolución nos pide que desconfiemos de Moisés y confiemos en Darwin.

La teoría de la evolución pretende que neguemos la realidad de un Dios creador y aceptemos en su lugar al animalito acuático.

La teoría de la evolución exige que neguemos a Adán y pongamos nuestra fe en el orangután.

¿Y qué hacemos con la genealogía de Jesucristo que traza Lucas en el primer capítulo de su Evangelio? “Jesús, hijo según se creía de José, hijo de Eli….. hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios”.

Somos hijos de Dios, no de un animal acuático.

Jesús nos enseñó a orar diciendo: “Padre nuestro que estás en los cielos”…, no santo orangután que vives en los árboles o te revuelcas en los pantanos…”.

Juan Antonio Monroy es escritor y conferenciante internacional.


© J.A. Monroy, Protestante Digital.com (España, 2007).

 

 
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