Número 93 - 06 de Septiembre de 2005
 

P+D NÚMERO 93

E D I T O R I A L

NOTICIAS  
Internacional
España
Sociedad
Ciudades
España @l día

NOTÍCIES

NEWS

From Spain
International

 
  HEMEROTECA
Números anteriores
Buscar en P+D
Humor santo
Foto digital y +
Viñetas publicadas
Autores P+D

DIRECTORIO

INTERACTIV@
Cartas al Director
Libro de visitas
Chat

SERVICIOS
Noticias P+D
Artículos P+D
eMision.net
Tickers de noticias
Boletín de noticias

DOCUMENTOS
Históricos
Legales
Comunicados

Recomendar

Agregar a favoritos
Página de inicio
¿Quiénes somos?
Patrocinada por:
Ir a la web de la Alianza Evangélica Española (Nueva ventana)
Alianza
Evangélica
Española
miembro de:
Ir a la web de la European Evangelical Alliance (Nueva ventana)
European
Evangelical
Alliance
Ir a la web de la World Evangelical Alliance (Nueva ventana)
World
Evangelical
Alliance
Dominical
Máximo Gª Ruiz 

  [+ sobre el autor] [+ artículos del autor]
[Versión impresa] [Enviar por email]
 

Iglesias sin fieles; cristianos sin iglesia

En los últimos tiempos se están produciendo dos fenómenos aparentemente contradictorios, pero que guardan relación entre sí. Por una parte hay iglesias que se están quedando sin fieles, hasta el punto de que algunas de ellas, antes de cerrar sus puertas por falta de congregantes, han transferido sus locales a otras de similar confesión, que han aceptado el reto de re-impulsar con nuevas formas y recursos la iglesia local; algunas de estas congregaciones que estaban próximas a adoptar soluciones análogas de cierre, han resurgido gracias a la incorporación de fieles procedentes de la inmigración, sin que en ese proceso haya sido posible discriminar el perfil eclesial y teológico de los congregantes (o haya habido voluntad de hacerlo).

Con ello se han producido cambios sustanciales en la liturgia y en la doctrina de dichas congregaciones, que terminan siendo privadas de sus señas de identidad histórica, situación que da origen al segundo de los fenómenos, aunque no sea ésta la única causa que lo produce.

El segundo fenómeno al que hacemos referencia es el de los cristianos sin iglesia. Esos cambios a veces muy sutiles en la liturgia, en la eclesiología o en la doctrina, unidos a una falta de acción pastoral responsable y adecuada, va produciendo el aislamiento de algunos o de muchos de los fieles más antiguos, más asentados en las tradiciones, incluso en muchos casos miembros fundadores de la iglesia, en primera, en segunda o en tercera generación. Son aquellos miembros a los que, en nombre de un mayor crecimiento de la iglesia, o de la necesidad de cultos “más alegres”, o de una alabanza más (¿más qué?), se les va privando de la forma de culto con la que se convirtieron y crecieron en la fe cristiana hasta tal punto que llega un momento en el que no son capaces de reconocer como propia la iglesia que les vio nacer espiritualmente y en la que desarrollaron durante muchos años su vida espiritual; iglesias en las que se ha desplazado la predicación y el cántico de los himnos por otras formas de celebración y proclamación, generalmente acompañadas de un tipo de música que para muchos de esos miembros resulta estridente, irreverentee inadecuada para la alabanza a Dios; iglesias en las que se penaliza la reflexión y se controla el pensamiento libre, por lo que poco a poco terminan por noreconocerlas como propias. Estos miembros de iglesia se van sintiendo desplazados, ajenos a las nuevas formas y maneras de hacer las cosas y surgen asílos cristianos sin iglesia.

En algunas situaciones el problema de desplazamiento de miembros lo producen líderes foráneos o aquellos otros que, aún siendo autóctonos, se han “convertido” a las nuevas formas de “espiritualidad” importadas por lo general de otros continentes que, una vez que se han introducido en una iglesia determinada, ejercitan un poder despótico (¿apostólico?) e imponen formas de alabanza, de adoración y de administración totalmente ajenas a la cultura y a las tradiciones de la iglesia y de la denominación a la que pertenece. Cuando los miembros que se sienten negativamente afectados reaccionan reclamando sus derechos vulnerados en base a una determinada forma de espiritualidad, se produce un choque y la separación de ese colectivo de miembros desajustados, por lo regular en minoría, cuyos integrantes o bien se diluyen en otras congregaciones obien forman otra iglesia con sus propios recursos, siempre arrastrando el trauma de la separación; o, simplemente, dejan de congregarse.

El fenómeno de iglesias históricas que se cierran por falta de miembros cuyos templos se venden y transforman en recintode actividades muy dispares no es nuevo en Europa; está comenzando a ocurrir en España, pero en los países de nuestro entorno europeo hace tiempo que viene produciéndose. El fenómeno de iglesias emplazadas especialmente en zonas del casco antiguo, que son “tomadas” por colectivos de inmigrantes, con identidades teológicas y culturales diferentes, y que por su vigor y desarrollo terminan desplazando a sus congregaciones históricas a otros distritos residenciales, hace tiempo que viene produciéndose en muchos lugares de los Estados Unidos; a veces el proceso se lleva a cabo de forma traumática y otras mediante acuerdos fraternales. Lo mencionamos simplemente para que no nos rasguemos las vestiduras como si de un caso exótico se tratara. Otra cosa es que no nos guste, o que no sepamos como afrontarlo, pero debemos saber que también a nosotros termina alcanzándonos.

Las iglesias de la Reforma, evangélicas o protestantes, según se prefiera, forman un amplio espectro teológico y se manifiestan con formas litúrgicas diferentes. Esa pluralidad ha dado de sí una gran variedad de denominaciones: presbiterianos, metodistas, reformados, congregacionalistas, bautistas, hermanos, pentecostales, menonitas, adventistas... Algunas de ellas prefieren expresar su espiritualidad comunitaria a través de una liturgia clásica mediante himnos y unareflexión y predicación centrada en la Palabra de Dios, enfatizando una teologíasalvacionista y un marcado énfasis en la ética; otras ponen mayor interés en la alabanza, en fomentar las emociones, en el desarrollo de una teología de la recompensa. Sus formas de gobierno son igualmente muy variadas. Todo ello es posible por la defensa que unas y otras iglesias hacen del “libre examen” de la Biblia y la libertad de conciencia. Hasta ahí todo está bien; el fallo, si lo hay, está en no respetar la historia, la idiosincrasia, la cultura y las tradiciones de una determinada iglesia y, abusando de determinadas posiciones de poder, imponer una liturgia o una administración ajena, sorprendiendo la buena fe de los miembros y despojándoles así de sus señas de identidad, hasta convertirlos en “cristianos sin iglesia”.

Pues bien, es evidente que el colectivo de “cristianos sin iglesia” se hace cada vez más común, sea por una u otra causa. No tenemos herramientas para medirlo, pero el fenómeno está muy extendido. Son personas que se confiesan creyentes, mantienen sus creencias religiosas, su identidad teológica y su deseo de trascendencia espiritual, pero terminan abandonando los vínculos con la institución religiosa que les acogía, con la que pierden todo tipo de afinidad.

Los líderes religiosos, los pastores, o quienes les sustituyan, deberían desarrollar una gran sensibilidad para tomar conciencia de este fenómeno y ponerle remedio. Y, sobre todo, aun permitiendo que el soplo del Espíritu siga soplando de donde quiera y hacia donde desee, como no podía ser de otra manera, respeten las tradiciones de las iglesias, con su liturgia, con su doctrina, con su eclesiología, con sus formas de gobierno; que se sometan a Dios, pero también a la iglesia; que prediquen el Evangelio “a tiempo y a destiempo”, por supuesto, pero que sepan ajustarse a esa autoridad colectiva e institucional que es la comunidad de los creyentes, o el consejo de iglesia, o el sínodo, o cualquier otro tipo de gobierno que la iglesia, a veces centenaria, se haya dado a sí misma, y que no introduzcan, aunque lo hagan muy sutilmente y con el aplauso de unos cuantos, elementos que puedan distorsionar la vida de la iglesia.

Cristianos sin iglesia e iglesias sin fieles que se congreguen en ellas. No tenemos una carta paulina específica para poder tratar estos problemas del siglo XXI que, por otra parte, tampoco son tan diferentes de los del siglo I. Tenemos la Biblia en su conjunto, pero también el sentido común, que se supone que es un don recibido de Dios; el sentido común y el amor fraternal; el amor fraternal y el propósito de hacer las cosas “decentemente y con orden”. Y hacer las cosas decentemente y con orden es tomar en consideración a la “oveja perdida”, extraviada, confusa, tal vez herida, y salir en su busca, sentarse a su lado, escucharla, atenderla, curarla, consolarla e integrarla en un redil en el que pueden y deben caber todos y todas. Y para eso hace falta tener corazón pastoral.

Máximo García Ruiz es sociólogo y teólogo


Máximo García Ruiz, teólogo y Secretario ejecutivo del Consejo Evangélico de Madrid


 

 
[Versión impresa] [Enviar por email]
 




 OTROS ARTÍCULOS RECIENTES DEL AUTOR EN ESTA SECCIÓN:

El fin de las ideologías? (19/03/2006)
El testimonio personal de Asafa Powell (05/03/2006)
Fanatismo (12/02/2006)
La tiranía de las minorías (15/01/2006)
I Congreso Protestante de Madrid (27/11/2005)
Teólogo-trabajadora doméstica (09/10/2005)
I Congreso Protestante de Madrid (02/10/2005)
Iglesias sin fieles; cristianos sin iglesia (13/09/2005)

[Todos sus Artículos]
 

 OTROS ARTÍCULOS RECIENTES DEL AUTOR EN OTRAS SECCIONES:

[Todos sus Artículos]
 

  EDITORIAL
  mARTES
JOSÉ DE SEGOVIA
 
  De par en par
JUAN SIMARRO
 
  Orbayu
Manuel de León
 
  Letra pequeña
MANUEL LOPEZ
  dLirios
Luis Marián
 
  La voz
César Vidal
 
  Claves
Wenceslao Calvo
 
  Íntimo
Yolanda Tamayo
 
  Enfoque
Juan Antonio Monroy
 
. ENCUESTAS
. PUBLICIDAD
© 2003 - 2010 Protestante Digital, España.
Las opiniones vertidas por nuestros colaboradores se realizan a nivel personal, pudiendo coincidir o no con la postura de la dirección de PD
Colabora: