Ir a la Portada de este Número Número 319. Semana del 09 de Febrero de 2010 
EL • EN LA PALABRA
Juan Antonio Monroy     

Juan Ramón Jiménez ante su muerte

En la serie de artículos que estoy escribiendo sobre Juan Ramón Jiménez, uno de los más grandes poetas españoles del siglo XX, Premio Nóbel de Literatura, hoy trato de Juan Ramón y la muerte.


De las tres confrontaciones religiosas más trascendentes en la vida de un ser humano, dos de ellas se realizan, en gran parte, bajo presiones de voluntades ajenas: el bautismo en los países católicos es absolutamente impuesto al recién nacido por los padres. La ceremonia religiosa del matrimonio se condiciona en ocasiones a la fe del otro. Por amor a quien forma pareja con uno se transige en un rito religioso que no es el propio. El amor suele ser con frecuencia más fuerte que la creencia, y por la ganancia y conservación del amor se cede a matrimoniar religiosamente por una religión distinta a la nuestra.

La muerte es otra cosa. Especialmente si se muere tras haber andado largos años de camino. Han desaparecido los padres, el sentimiento amoroso no es tan condicionante, se han racionalizado los prejuicios y se desea morir en paz con la propia conciencia. En este punto es cuando se quiere ser uno mismo; decidir la forma de morir; programar los propios funerales y hasta dictar dónde y cómo ser enterrado.

Hijo de padres católicos, Juan Ramón Jiménez fue bautizado días después de su nacimiento de acuerdo al rito de aspersión practicado en la Iglesia católica.

Su matrimonio con Zenobia Camprubí tuvo lugar en un templo católico. Zenobia, «rubia y de ojos claros», era hija de padre catalán y de madre descendiente de familia norteamericana. Tenía un ligero acento al hablar. En Madrid la llamaban la «americanita». Zenobia y Juan Ramón contrajeron matrimonio el 2 de marzo de 1916 en la Iglesia católica de St. Stephen, en Nueva York.

Por entonces, Juan Ramón había pasado ya por la Institución Libre de Enseñanza y estaba muy alejado del catolicismo. Pero Zenobia era católica. El amor que Juan Ramón le profesó desde su primer encuentro—y que mantuvo a lo largo de toda su vida juntos— era un amor tan fuerte, tan poético y arrebatador, que por ganar a Zenobia consintió en el rito católico, que correspondía a la religión de ella, como hubiera aceptado el rito judío, el mahometano o el budista.

Pero llegada la hora de su muerte, a los 77 años de edad, el poeta se opuso tajantemente a ser asistido por sacerdotes católicos. Juan Ramón quiso morir en cristiano, pero fuera de la Iglesia católica. En unos versos de Poemas inéditos y Crucificado, citados por Saz-Orozco, el poeta dice:
Jesús, cuando yo me muera
quiero llevar cruz de luz
entre mis dedos de cera.
Jesús, cuando yo me muera,
quiero morir luz en cruz.
Entre los últimos días de 1951 y los primeros de 1952, Juan Ramón Jiménez redactó su testamento. En él escribió rotundamente: «Amo a Cristo, pero no quiero nada con la Iglesia».

Pablo Bilbao Aristegui, escritor y más tarde sacerdote, amigo del poeta, realizó grandes esfuerzos por reconciliar a Juan Ramón con la Iglesia católica. En una carta enviada desde Vitoria, le pedía:
«Juan Ramón, con sollozos se lo ruego; abra esa granada de su corazón al rocío de esta Belleza; no quiera cerrar sus oídos al encanto de esta música que le llama desde siempre».
La respuesta del poeta a los requerimientos proselitistas de sus amigos fue siempre negativa. Mantuvo su rebeldía anticatólica hasta los instantes finales de su larga vida.

Puede que, de haber vivido Zenobia, ésta le habría convencido para que aceptara morir católicamente. Pero Zenobia murió, a consecuencia de un cáncer, dos años antes que él.

El jesuita Emilio del Río, en La Idea de Dios en la Generación del 98, describe así el desnacimiento (que diría Unamuno) o muerte de Juan Ramón Jiménez:
«El mismo sacerdote que atendió a Zenobia, padre Damián Carvajal, visitaba a Juan Ramón, que le recibía con gusto, pero hasta el final el poeta se mantuvo totalmente pasivo ante cualquier intento del sacerdote para abordar el problema religioso. Fue llamado la última noche, pero cuando ya Juan Ramón estaba sin conocimiento, para darle auxilios espirituales bajo condición».
Estar sin conocimiento en la agonía de la muerte es lo mismo que estar muerto. Aquellos auxilios espirituales a un muerto que en vida los había rechazado de continuo fueron una parodia y una intencionada violación de la voluntad del poeta, claramente expresada en su testamento. Como también fueron pura carnavalada los ritos católicos que se celebraron en Moguer cuando el cuerpo del poeta, trasladado a España, fue enterrado en su pueblo natal.

Ramón Gómez de la Serna, en Los muertos y las muertes, dice que «El libro de los muertos, de los egipcios, exige que el muerto sepa los nombres de sus dioses para responder quién es el dios que se le presentará en el umbral de la muerte y que le dirá: «No pasarás de la muerte si no conoces mi nombre».

A Juan Ramón Jiménez lo enterraron en Moguer en el nombre de un concepto católico de Dios que rechazó a lo largo de toda la vida, hasta el instante de su último aliento vital. Si éste es el Dios que posee las llaves de la muerte, Juan Ramón Jiménez estría en el abismo. Yo no lo creo.

Juan Antonio Monroy es escritor y conferenciante internacional.


© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, (España, 2007).

 

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