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EL • EN LA PALABRA
Juan Antonio Monroy     

Juan Ramón y Cristo

En mi último artículo escribí sobre el concepto de Dios en la persona y en la obra de Juan Ramón Jiménez, poeta de altura, Premio Nóbel de Literatura en 1956. Aquí trato de la opinión que le merecía Cristo.


¿Creía Juan Ramón Jiménez en la plena divinidad de Cristo? ¿Le concebía, según el Nuevo Testamento, como parte esencial de la Trinidad?

Al intelectual ateo le basta con la negación absoluta. El intelectual creyente, en cambio, se mueve en el plano de las contradicciones. Su fe pasa por períodos y etapas de afirmaciones, dudas, negaciones, nuevas afirmaciones, etc. Unamuno es un ejemplo fácil de lo que el apóstol Santiago llama claudicar entre dos pensamientos.

A Juan Ramón Jiménez le ocurría lo propio.

Ricardo Gullón dice que el concepto cristológico de Juan Ramón estaba emparentado con el de los racionalistas alemanes del siglo XIX, especialmente el protestante liberal Adolph Harnack. «Harnack —escribe Gullón— pensaba que Cristo no era hijo de Dios por su sentimiento filial sino por su papel providencial, por su voluntad mesiánica. Tal vez, en última instancia, esta misma fue la creencia unamuniana y, desde luego, la de Juan Ramón».

En las minuciosas investigaciones llevadas a cabo en la Universidad de Puerto Rico, donde se conservan numerosos documentos que pertenecieron a Juan Ramón Jiménez, Carlos del Saz-Orozco halló una nota manuscrita e inédita de Juan Ramón sobre la persona de Cristo. El poeta admite que no se ha escrito nada superior a la doctrina de Cristo, pero, a la manera de los racionalistas franceses y alemanes de los siglos XVIII y XIX, niega la plena divinidad que le concede el Nuevo Testamento:
«Quien haya seguido mi escritura poética habrá podido ver que yo nunca he hablado de Cristo como dios. Cristo es para mí el mayor ejemplo de poesía en dios. El nunca dijo que era dios sino hijo de dios y hablaba de Dios como su Padre, es decir, como su origen. No creo que se haya escrito nada superior a la doctrina de Cristo como moral auténtica y como belleza poética».
Ignoro qué valor puede tener este juicio de Juan Ramón en una nota inédita aislada del conjunto de su obra publicada. No creo que su apreciación de Cristo pueda establecerse por lo que en ella dice.

Vuelvo a su libro Dios deseado y deseante. En un prólogo que Juan Ramón escribió para el mismo y que Sánchez Barbudo coloca al final del libro, el poeta vierte unas opiniones respecto a Cristo que están en contradicción con la nota anterior. Dice Sánchez Barbudo que este prólogo, titulado Camino de fe, fue escrito hacia 1950 o más tarde y «señala una cierta evolución de ideas y de sentimientos».

Juan Ramón evoca al Jesús de su niñez:
«A ti, mi Dios deseado y deseante, sólo puedo llegar por fe, fe de niño o fe de viejo.
En mi niñez, niño de España, yo supe de Jesús, el niño Jesús, el niñodiós, como dijeron y yo decía entonces; y en Jesús, que iba creciendo conmigo, yo fui viendo a mi Dios de entonces, su Padre, el Padrediós, el Padre eterno».
Identificándose con el ladrón perdonado por Cristo, Juan Ramón dice que también él participó de aquel paraíso:
«Ya hombre yo empecé a leer lo que dejó dicho, no escrito, Jesús el nazareno, Jesús el de María, y su palabra clara, sencilla, limpia, generosa, buena en suma, me hizo amarlo, ésta es la palabra, y tuve fe en su palabra que habló también del Paraíso; y ese Paraíso, el Paraíso de Jesús de Nazaret, lo concebí yo hermoso, hermosísimo. Cuando leí por primera vez lo que Jesús crucificado le dijo al buen ladrón: “Esta tarde estarás conmigo en el Paraíso”, yo estuve con ellos, y por primera vez, en el Paraíso».
La belleza poética de Jesús y la hermosura de su verdad cautivan al poeta:
«Pero su Padre, el Padre de Jesús el Cristo, de Jesús Poeta y Maestro mío de poesía, del «Maestro Justo» (de quien habló Josefo), ¿cómo era para él, cómo es para mí? Pues su palabra era poética, es decir encantadora y misteriosa, hermosísima, era la poesía, la hermosura. Para mí la belleza de la hermosura fue siempre y es más que la llamada verdad, porque es 1a hermosura de la verdad y de la belleza. Es posible también que la verdad sea más que la belleza porque sea la verdad la belleza y la hermosura, según se parta de una o de otra. Pero a mí, por Jesús el de la palabra, me lleva la belleza de la hermosura a ser verdadero, independientemente de mi conciencia, es decir, a ser verdadero por naturaleza»

Juan Antonio Monroy es escritor y conferenciante internacional.


© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, (España, 2008).

 

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