Ir a la Portada de este Número Número 319. Semana del 09 de Febrero de 2010 
EL • EN LA PALABRA
Juan Antonio Monroy     

Juan Ramón Jiménez ante el más allá

La editorial Linteo ha publicado una obra hasta ahora inédita de Juan Ramón Jiménez, uno de los más grandes poetas españoles del siglo XX, Premio Nóbel de Literatura 1956. Este discutido libro ha puesto de actualidad al autor de Platero y yo, por otra parte nunca olvidado en España ni en la esfera internacional.


Al calor de esta actualidad he escrito para PROTESTANTE DIGITAL una serie de ocho artículos sobre la dimensión religiosa del poeta. Este es el último. En él trato de la postura de Juan Ramón ante el más allá.

En una sorprendente afirmación de fe, Juan Ramón cree que él irá un día al paraíso con todos aquellos a quienes ama.
«Yo sé que si Jesús está en el Paraíso que prometió al ladrón, con su Padre, allí llegaré yo con los que amo, que yo creo en la palabra del Cristo como creyó el ladrón, por su belleza, pues sin duda el buen ladrón era un poeta; y allí estará el Padre que Jesús no me dijo cómo era, cómo es, y yo no me lo puedo figurar. Jesús vio la belleza en su verdad y yo veo mi verdad en la belleza, en la belleza natural y en la belleza moral, ideal, espiritual de ese espíritu ideal y moral que Jesús encomendó desde la cruz a su Padre; la belleza que él dijo a todos que era el amor, su fe primera».
Más adelante el poeta explica en qué consiste la fe de su vejez. Fe en Dios, amor original, por la fe en Jesús:
«Ésa es mi fe, Jesús de mi vejez, la fe de mi vejez en ti que no fuiste viejo, el amor a todo lo que veo, a todo lo que siento. Esa es mi fe porque la veo, ver la belleza en todo lo que miro o mejor mirar bello todo lo que veo. Y yo sé por Jesús de Marta y de María, otra María que no era su madre, que el Padre es el amor original, que eso quiere decir Dios, manantial, y en ese amor por fe Jesús y yo nos hallaremos en Dios un día con los nuestros porque los nuestros serán en nosotros en este amanecer en que lo pienso, este mismo día, hoy que abre sobre toda la naturaleza que me rodea, tan hermoso como el hoy sin fin de aquel Paraíso que el Cristo ofreció al que tuvo fe».
En el párrafo final del prólogo, escribiendo como lo haría cualquier cristiano novotestamentario, Juan Ramón dice que él va a Cristo directamente, sin intermediarios religiosos, a través del Libro, esto es, de la Biblia:
«Hermosura, belleza, Paraíso, éste es el Paraíso, sí, y en él estoy desde que nací, desde que desperté de otra clase de sueño, y en él vivo. Y si en él vive siempre mi conciencia, mi conciencia del Paraíso, sobreviviré en él, en él, aquí donde están el Cristo y el Padre si los sabemos comprender por su palabra dicha y nuestra palabra expresada. Yo puedo ir a la palabra que es Jesús para mí por mi camino propio, por mi palabra y por ella voy. Voy a su palabra sin adorno, sin vano comentario escolástico, sin santos padres, sin Papas, sin muros, voy a su palabra aislada de El Libro como a un campo de margaritas en primavera humana o como un espejo de luz en el humano invierno».
Es de notar la constante referencia a Jesús en este excepcional documento testimonial.

Sin querer cristianizar a Juan Ramón Jiménez, entiendo que estos juicios sobre la persona de Cristo, emitidos cuando ya había cumplido los 70 años y se acercaba al desenlace final, constituyen un valioso testimonio de su identificación con el Cristo eterno de la Biblia.

Se ha especulado en torno a la sinceridad de las afirmaciones religiosas que Juan Ramón Jiménez vierte en su libro Dios deseado y deseante. El poeta José Luis Cano, al hacer la crítica del mismo, se pregunta si sus testimonios de fe responden a una experiencia personal real o se trata de meros símbolos poéticos. Si se da el primer supuesto, Cano, citado por Emilio del Río, considera importante «saber de qué experiencia religiosa se trata; qué Dios deseado y deseante es ése que el poeta canta; qué extraña aventura, en suma, es la que el poeta ha vivido».

Y el propio Emilio del Río interroga: «¿Conserva alguna fe, cree que el Padre y Cristo están en ese Paraíso —el terrenal del instante— en que él vive? ¿Cree de verdad que sobrevivirá fuera de la «fama» de sus libros?»

Son juicios y preguntas que no deben traspasar los límites de la curiosidad. Es cierto que la fe se manifiesta por los frutos, pero también es verdad que no todos los frutos de la fe son visibles ni espectaculares. La conciencia religiosa es parcela delicada y debe ser interpretada con sumo respeto.

En su poema Estoy midiéndome con Dios, que fue escrito pocos años antes de morir, Juan Ramón Jiménez expresa un sentimiento de amor, de plenitud. Mientras navega, habla como si pasara por Dios en tanto que atraviesa la tormenta. En medio de la mar, él se siente seguro. Dice en las estrofas finales:
Lleno de amor, el mío, un barco
y yo, el amor en medio del amor,
de tanto amor que necesita el mar
para medirte, dios.
Y en medio de la mar yo estoy midiéndote,
en medio de la mar y en este barco, éste,
estoy midiéndome contigo, dios.
En el barco que cruza estos mares de tierra todos navegamos, como Juan Ramón, midiendo a Dios, midiéndonos con Dios.

Sólo cuando nuestra nave cruza los puertos superficiales y entierra definitivamente sus anclas en la otra orilla, conoceremos de verdad si era correcta la posición de nuestra brújula. Entre tanto únicamente nos queda encomendamos a la misericordia del Eterno y murmurar sin palabras: Padre nuestro, que estás en los cielos.

Juan Antonio Monroy es escritor y conferenciante internacional.


© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, (España, 2008).

 

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