Ir a la Portada de este Número Número 319. Semana del 09 de Febrero de 2010 
EL • EN LA PALABRA
Juan Antonio Monroy     

Camus y Dios

Albert Camus (IV)

Es el cuarto y último artículo que entrego a Protestante Digital sobre Albert Camus. Lo he evocado aquí para unirme a los reconocimientos que los medios le están tributando al cumplirse los 50 años de la concesión del Premio Nóbel de Literatura.



Ni en su infancia ni en su juventud tuvo Camus acceso a la dimensión religiosa de la existencia. Sólo veía en la Iglesia una institución clasista, aliada con todos los poderes temporales. Su rechazo del Dios católico alcanza situaciones de violencia en EL EXTRANJERO, donde Camus escribe muchas páginas autobiográficas. Meursault expulsa de su presencia al capellán de la prisión y le grita a voz en cuello, le insulta y le dice que no rece, que más vale arder que desaparecer.

En Francia, siendo ya escritor célebre, la jerarquía católica tampoco supo comprenderle ni ayudarle. El sacerdote católico francés convertido del marxismo, I. Lepp, publicó en 1961 un estudio titulado PSICOANÁLISIS DEL ATEÍSMO MODERNO. En este trabajo, citado por Charles Moeller en el primero de los cinco tomos que componen su obra LITERATURA DEL SIGLO XX Y CRISTIANISMO, Lepp detalla las razones del «ateísmo desesperado de Camus». «Los amigos de Albert Camus —afirma— saben que, entre 1947 y 1950, el escritor se había acercado mucho al catolicismo, hasta el punto de que algunos daban ya por segura su conversión... J.P. Sartre, con ocasión de la polémica que en 1952 le enfrentó con Camus, no estaba completamente equivocado al sospechar que cierta nostalgia de Dios se ocultaba en la vehemencia misma con que el futuro premio Nóbel proclamaba la absurdez de un mundo sin Dios».

¿Qué ocurrió entonces? ¡El muro, los muros de la intransigencia católica, las incomprensiones y excomuniones de hombres que todo lo juzgan con el color de la sotana, cerrándonos el paso a la luz y obstaculizando nuestro camino a las estrellas infinitas! Sigue 1. Lepp: «Pero desde 1950, los supremos jerarcas del catolicismo lanzaban su reprobación o su condena precisamente sobre aquellos cristianos gracias a los cuales Camus había concebido la vaga esperanza de que acaso pudiera haber al menos un más allá de la desesperación, de que el hombre pudiera no ser tan extraño a sí mismo y a los demás como él creía».

Aún así, el estudio —no la mera lectura— de las obras de Camus en su conjunto no aporta argumentos suficientes para deducir matemáticamente el ateísmo de su autor. En el niño inocente que muere en LA PESTE a pesar de las oraciones del jesuita, Camus desentierra el eterno tema del sufrimiento de los sin culpa. Es la punta más aguda del problema del mal. Pero el escritor sabe también que sólo el Cristianismo de Cristo ha dado una respuesta a la pregunta de por qué sufren los inocentes. Nadie ha nacido en este mundo más inocente que Cristo. Y pocos han sufrido como El sufrió.

La contestación definitiva a este y a otros interrogantes humanos hay que hallarla al otro lado de las nubes. Como Calígula, que quería algo eterno para vencer sus angustias. «El mundo —exclama— no es soportable. Por eso necesito la luna o la dicha, o la inmortalidad, algo descabellado quizá, pero que no sea de este mundo».

Al tema de la dicha, de la felicidad imposible en la tierra, dedica Camus otra de sus grandes obras: LA CAÍDA «Así corría yo —dice Clamence—, siempre colmado, nunca hastiado, sin saber dónde detenerme, hasta el día, mejor dicho, hasta la noche en que la música se detuvo y se apagaron las luces».

En LA CAÍDA Camus hace alarde de sus conocimientos bíblicos. Con palabras inspiradas en el Libro trata los grandes temas del pecado, la culpabilidad humana, la conciencia, la gracia.

Los mismos temas aparecen en EL HOMBRE REBELDE, especialmente en el capítulo dedicado a «los hijos de Caín». No se puede llamar ateo al hombre que escribió este largo párrafo en el capítulo referido: «El Nuevo Testamento puede ser considerado como una tentativa de responder a todos los caínes del mundo, suavizando la figura de Dios y suscitando un intercesor entre El y el hombre. Cristo ha venido a resolver dos problemas principales, el mal y la muerte, que son precisamente los problemas de los rebeldes. Su solución ha consistido, ante todo, en hacerse cargo de ellos. El dios-hombre sufre así con paciencia. Ni el mal ni la muerte le son ya absolutamente imputables, puesto que El está desgarrado y muere. La noche del Gólgota no tiene tanta importancia en la historia de los hombres sino porque en esas tinieblas la divinidad, abandonando ostensiblemente sus privilegios tradicionales, vivió hasta el fin, incluyendo la desesperación, la angustia de la muerte».

Yerran quienes ven en EL HOMBRE REBELDE la rebeldía del hombre contra Dios. Camus se rebela aquí contra la condición humana, no contra el autor de la vida. ¿Se puede ser a la vez ateo y rebelarse contra Dios?

¡He aquí el dilema! «Grito que no creo en nada y que todo es absurdo, pero no puedo dudar de mi grito», chilla Camus. La misma rebeldía aporta las pruebas de la evidencia. La duda en el propio grito del alma es la afirmación de la superioridad divina.

Prometeo no ha logrado liberar a los hombres de su sujeción a Dios. Sigue teniéndonos en sus manos eternas y dirigiendo nuestro destino. A todos. El de todos.




Artículos anteriores de esta serie:
 1Vigencia de Alberto Camus 
 2Camus, de Argelia a París 
 3Camus, ante la religión y el absurdo 

Juan Antonio Monroy es escritor y conferenciante internacional.


© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, (España, 2008).

 

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