Déjame lavar tus pies
Se detienen mis ojos ante una escena, que no por ser repetida resulta rutinaria.
He vuelto a releer con ávidos ojos ese pasaje en el que Jesús, ceñido de humildad, lava los pies a sus discípulos en tanto les enseña una hermosa lección.
Cada palabra, cada gesto del maestro, torna las situaciones más prosaicas ofreciéndoles un esplendor que nadie jamás ha logrado otorgar a la trivialidad.
Él tiene entre otras, la cualidad de transformar lo más nimio en un evento colmado de exultante belleza.
Enredada en los avatares diarios, a menudo olvido que he de ceñirme una toalla de fraternidad e inclinarme con humildad para lavar pies. Situarme en el lugar preciso para poder darme cuenta de quien soy.
Cuando aprendemos a mirar de forma instropectiva descubrimos que cada peldaño en la escalera de la vida tiene su momento y no es bueno ni aconsejable subirlos de dos en dos.
Al mantener los ojos bien abiertos e inclinarte hacia Dios, observas que Él siempre tiene la respuesta adecuada, la palabra idónea para esculpir en tu alma ese sendero que te conduce al sosiego, a encontrarte a ti mismo en los ojos de los demás.
El ejemplo del maestro ha de ser imitado por nosotros, discípulos contemporáneos.
Él nos ha dejado multitud de enseñanzas para poder poner en práctica. Si somos capaces de ejercitar alguna de ellas conseguiremos estar más cerca de ser imitadores de Jesús, siervos fieles que han aprendido que lavar pies es a veces la mejor manera de recibir bendición.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, ProtestanteDigital.com (España, 2009).
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