Jean-Paul llegó a recibir el premio Nóbel por sus escritos. Cuando Simone dejó escritas sus memorias, explicó cosas casi increíbles en cuanto a la utilización de mujeres y hombres como amantes comunes, despreciarlos por su ignorancia, etc.
Casi todo aquel que los admiraba y se “unía” a ellos terminaba siendo despreciado/a, pasándose amantes del uno al otro, buscando ser felices sin ningún tipo de ética y en el más absoluto desprecio por sus discípulos.
Sartre llegó a decir de una de sus discípulas jóvenes: “Es mejor que llore por lo poco que me tiene que no tenerme nada en absoluto, porque tiene el cerebro de un mosquito”.
Habría que decir aquello de que una cosa es la filosofía y otra los principios morales. Una cosa son las ideas y otra la honestidad.
No creo que nadie se enfade conmigo si escribo que hoy por hoy, las personas honestas son los verdaderos inadaptados sociales. El mundo no está hecho para ellos.
Devuelves en una tienda algo en lo que te han cobrado de menos y todos piensan que eres tonto. Ayudas a alguien que lo necesita y muchos se quedan mirando y pensando que quizás no tienes nada que hacer. Entregas las cifras exactas de tus ganancias y gastos a Hacienda y te sonríen entre dientes absolutamente convencidos que te has dejado algo en el tintero.
Hasta hemos inventado uno de esos cacharros modernos que se llama “detecta radares” para poner en nuestro coche y saber siempre en qué momento está la poli cerca y no debemos ir a más velocidad de lo permitido.
No nos importa lo que es malo o es bueno, sólo nos preocupa que no nos cojan. No nos importa gastar el dinero y no ser honestos, lo que realmente deseamos es que nadie se entere, o por lo menos que la justicia no lo sepa.
El Señor Jesús dijo un día que son felices los que tienen hambre y sed de justicia… (*). No tanto hambre de felicidad, sino hambre y sed de ser honestos, de hacer las cosas bien, de que la justicia reine en el mundo.
Esa es la diferencia que establece la paz interior en la vida de una persona: Hambre de hacer las cosas bien, de hacer lo correcto. De que cada día la justicia sea más real y unos cuantos no se aprovechen de todos.
Eso sí merece la pena. El mundo comienza a ser diferente cuando la gente vive de esa manera. Cuando son felices siendo honestos. Lo otro sólo son filosofías baratas y ganas de engañar a todos. Por lo menos a todos los que se dejan.
(*) Mateo 5:4