Superficialidades
Hace tiempo oí una historia que relataba la pericia de un escritor empeñado en escribir una gran novela.
Una vez concluida lo que iba a ser una obra magistral, decidió leer las mil trescientas páginas que contenía.
Una vez hubo acabado su lectura se dio cuenta de que a su libro le sobraban adjetivos, así que, quito un poco de aquí, otro poco de allá, reduciéndolo a sólo novecientas páginas.
Podría haberlo dejado tal cual, pero decidió releerlo, fue entonces cuando se dio cuenta de que su escrito estaba sobrado de cosas insustanciales. Quitó un poco de aquí, otro poco de allá y dejo su obra con sólo ciento veinte páginas.
Ya creía concluido su trabajo, cuando en un nuevo arranque de perfeccionamiento decidió leer por tercera vez su obra. Fue así como se vino a dar cuenta de que ésta contenía demasiados verbos, demasiados adjetivos, demasiadas palabras que nada aportaban.
Al final, felizmente concluyó su exhaustivo trabajo y orgulloso de él lo llevó a su editor. El editor molesto devolvió aquello, pues aquel perfeccionista solamente había escrito en una cuartilla la letra A. Una sola letra que para él estaba plagada de sentido.
Moraleja: las insustancialidades también forman parte de la vida.
Son la salsa de nuestros platos, los complementos con los que ataviamos nuestra realidad.
No podemos vivir de cosas meramente sustanciales. Si queremos disfrutar más plenamente hemos de saber sacarle partido a toda esa amalgama de cosillas sin “gran valor”.
A fin de cuentas, la vida se reduce a dos grandes asuntos. Los importantes y los menos importantes.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, ProtestanteDigital.com (España, 2009).
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