Manos que sostienen piedras
Necesito que me acaricies. Que dejes en mi corazón el rastro delicado de tus dedos en contacto con mis miedos.
Quiero que tus manos se fundan con las mías y sean transformadas en irrompibles lazos de ternura.
Estoy cansada de recibir el azote gris del viento rozando con ferocidad mi rostro. Hastiada de oír el crujido que producen los dientes apretados, el tintineante goteo de palabras malsonantes.
Las manos agarran fuertemente las piedras. Los dedos blanquecinos aprietan las frías rocas que serán lanzadas sin misericordia.
Asediada por la turbación quiero pensar en tus manos amables, discretas, portadoras de amor. Manos que no lanzan piedras, que no prejuzgan, que sólo saben derramar cariño, bondad.
Siento temor ante quienes vienen a juzgarme. Ellos no escuchan simplemente lanzan críticas, se burlan de mi pobre condición de mujer pecadora. Miran con desdén y son arrastrados por sus fatuos corazones. Son ciegos guías de ciegos.
Cierro los ojos y busco tus manos. Ellas fueron clavadas por mí, pero al desenclavarse pagaron el precio de mi culpa.
Busco esa ternura que tanto necesito, un resquicio de esperanza para poder abandonar esta habitación oscura.
Ya se acercan, están ahí. Son muchos y vienen hacia mí emitiendo irónicas risitas. No quiero mirarlos a la cara, no deseo saber sus nombres. Tú que siempre me has dado una segunda oportunidad sabrás qué hacer ahora. Bajo mi cabeza, doblo mis rodillas, pido clemencia. Eres tú el único que puede abolir este dolor, sólo tú tienes poder.
¡Señor, haz justicia!
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, ProtestanteDigital.com (España, 2009).
|