¡Qué tarde voy a llegar!
Prisas, bullicio, ajetreo en las calles preñadas de calor.
El sol hunde sus afiladas garras sobre quienes desesperados agitan sus manos en una danza de aspavientos incomprensibles.
Es tiempo de descanso, aún así, parece que la premura desiste en abandonar el lugar que ocupa todo el año.
La omnipresente urgencia, el agitado ir y venir, hacen que el tiempo de relax se convierta en una tortura.
Siempre vamos con prisas. Angustiados por las infinitas tareas que se han de realizar, presionados por una sociedad que nos obliga a ir cada vez más y más rápido.
Desacelera. Párate. Deja de ver la vida como una maratón, aprende a mirarla y a vivirla al igual que si fuera un agradable paseo.
Piensa que estamos de paso, que por muchas cosas aparentemente importantes que tengamos que hacer, lo más relevante, lo fundamental es vivir.
Abandona tu sitio en el asiento del conductor de un superveloz coche de carreras y busca tu lugar mientras paseas a pie. Verás paisajes que nunca habías visto. Conocerás a personas maravillosas que siempre han estado ahí y en las que nunca habías reparado.
Oirás el zumbido del viento y comprobarás cómo danzan las hojas en un rítmico vals. Sentirás que lo grande se empequeñece logrando así ver lo que antes estaba oculto.
Hoy es un buen día para decirle al conejo blanco de Alicia que se olvide de su reloj, que no existen las cosas urgentes, sólo existe gente con prisa.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, ProtestanteDigital.com (España, 2009).
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