Ir a la Portada de este Número Número 318. Semana del 02 de Febrero de 2010 
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José de Segovia     

La reclusión de Salinger

Ha muerto el misterioso escritor J. D. Salinger. Su libro El guardián entre el centeno (1951) es una obra de iniciación para muchos lectores, que en su adolescencia se identifican con el inconformista Holden Caufield, vagando por la ciudad de Nueva York, al ser expulsado del colegio, poco antes de las vacaciones de Navidad. Como el paranoico asesino de Lennon, yo también he recorrido a finales de este verano los lugares de la novela de Salinger, yendo y viniendo de mi habitación al lado de Central Park, junto a la puerta del edificio Dakota. No me he preguntado, como Holden, dónde estarán los patos, cuando el lago se hiela, pero sí que me he sentido tan perplejo como él, al intentar descubrir el rumbo de mi vida…


Como en la canción de Paul Simon, “un día de invierno / en un profundo y oscuro diciembre”, uno podría decir con Holden: “Estoy solo / mirando desde la ventana / las calles abajo / sobre un manto silencioso de nieve recién caída”. Uno ha “construido muros / una fortaleza profunda y poderosa / que nadie puede penetrar”, por la que se siente “una isla” (I Am A Rock, 1965).

El protagonista de la novela de Salinger, no se ha cerrado sin embargo, por estar herido de amor, sino hambriento de una intimidad que todavía no ha conocido. En su aparente cinismo, desprecia el mundo y evita tener amigos, porque sabe por la muerte de su hermano, que el amor produce dolor...

El lenguaje directo de Un guardián entre el centeno, te atrapa desde la primera página. Es por eso que es lectura obligatoria, en muchos centros de educación secundaria, a pesar de su lenguaje obsceno y vulgaridad. Su desarmante honestidad nos hacer ignorar lo obvio. No es simplemente que hable coloquialmente, o piense en voz alta, sino que es capaz de transmitir la dolorosa sensibilidad de un adolescente sin afecto, que se siente ya de vuelta de todo. Más allá de sus palabras groseras y sarcasmo inmisericorde, hay una persona cansada de una vida, que todavía no ha comenzado…

“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, que hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero, porque es una lata, y segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera a hablar aquí de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas”… Cuando un libro empieza así, ¿quién se resiste a seguir leyendo?

COSA DE LOCOS
Salinger nació en Nueva York de padre judía y madre católica. Un matrimonio no muy habitual en aquella época. El problema se resolvió, haciéndose ella judía. Aunque su conversión no resolvió la quiebra de una
 
familia de doble herencia. Dos religiones, dos ideas de Dios y la vida, que no son fáciles de conjugar. Una mezcla que a Salinger le llevó a estar siempre buscando respuestas en diferentes credos…

En los años cuarenta, el escritor empieza ya a adoptar ciertas creencias y prácticas hinduistas, tras declararse “un fracasado budista zen”. Según dijo su hija al New York Times el año 2000, esto fue sólo una fase. Ya que luego siguió la cienciología, la homepoatía, la ciencia cristiana… Salinger fue un auténtico buscador espiritual. Le interesó siempre la religión. Y sus escritos muestran esa continua inquietud por saber quién es Dios y Jesús, en qué consiste el amor, y qué hace que esta vida merezca realmente la pena...

A pesar de tener relativo éxito en los años cuarenta – con varios relatos que publica en diversas revistas, como New Yorker , Salinger se desilusiona del mundo editorial y abandona Manhattan. Se compra entonces una casa en New Hampshire, donde vive recluido hasta su muerte, dando una sola entrevista en 1980. No se conoce de él más que un par de fotografías. Lo que ha dado lugar siempre a muchas especulaciones, sobre su verdadera identidad. Su imagen más reciente le muestra como un anciano, levantando el brazo para intentar golpear a alguien, que quiere hacerle una foto, irrumpiendo en su intimidad...

ESTA EXTRAÑA FAMILIA
Tras publicar una colección de cuentos, Salinger reúne dos de ellos para formar una novela corta, que aunque no es El guardián entre el centeno, ha adquirido finalmente mayor prestigio literario que ésta. Se trata de Franny y Zooey (1961). Sus personajes forman parten de una extraña familia que protagoniza todas sus historias, los Glass, que viven en un apartamento del Upper East Side neoyorquino – la zona rica de Manhattan, que va desde Central Park al East River –.

Franny es la hermana pequeña de la familia, una estudiante universitaria y actriz, que sufre una crisis emocional y espiritual, a partir de la lectura de El camino de un peregrino, un libro anónimo ruso del siglo XIX, basado en la llamada Oración de Jesús. Este rezo ortodoxo oriental está inspirado en el Evangelio según Lucas 10:10-14 (Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy un pecador), cuya repetición, acompañada del estudio del libro de espiritualidad ortodoxa griega conocido como Philokalia, pretende explicar que significa “orar sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17).

Cada miembro de la familia Glass parece tener una influencia religiosa diferente. El hermano mayor vivo, tras la muerte de Seymour – un brillante profesor de Columbia, que se suicidó –, es conocido como Buddy, y enseña budismo mahayana. Su hermano menor Waker es un monje cartujo, gemelo de Walt, que murió tras la guerra, en el Japón ocupado. A los que sigue Zooey, un actor de televisión influido por el misticismo oriental, que a los doce años hablaba ya como Mary Edy Baker, la fundadora de la ciencia cristiana.

FRANNY Y ZOOEY
Como en El guardián entre el centeno, la acción de Franny y Zooey, no abarca más de un par de días. Nos muestra a Franny como una estudiante desencantada con el egoísmo y la falsedad – que tanto molesta a Holden –, en torno suyo. El libro comienza con la cita que tiene un fin de semana con su novio Lane, en un lugar como Princeton. Mientras están comiendo en un restaurante, ella tiene un ataque de nervios, que lleva a la conversación sobre la oración y su búsqueda de iluminación espiritual, siguiendo esta tradición cristiana ortodoxa oriental.

La segunda parte de la obra, que lleva el nombre de su hermano Zooey, la muestra ya en plena crisis, en casa de sus padres en Manhattan. En esta sección abundan las citas de textos espirituales, que muestran la inquietud de Salinger en aquel momento, después de varios años de estudiar el budismo zen y el hinduismo Advaita Vedanta. Buscaba sobre todo el camino de renuncia de maestros como Ramkhrishna o Vivekananda. Es en esa luz que tenemos que entender la famosa conclusión del libro que identifica a esa “señora gorda” – cuya fealdad y vulgaridad representa la audiencia, para la que actuaban como niños prodigio, en un concurso de radio –, como Jesucristo.

“¿Quién de la Biblia, aparte de Jesús, sabía, sabía, que todos llevamos con nosotros el Reino de los Cielos, en nuestro interior, donde todos somos demasiado estúpidos, sentimentales y poco imaginativos para echar una mirada?” – dice Zooey –. “Tienes que ser hijo de Dios para conocer esta clase de asunto”. Le echa por eso en cara a su hermana, que “si no ves a Jesús exactamente como era, te pierdes todo el significado de la Oración de Jesús”, que se esfuerza Franny por repetir una y otra vez. “Si no comprendes a Jesús, no puedes comprender su oración”.

PERPLEJIDAD E INCERTIDUMBRE
Salinger buscó toda su vida a Dios, pero entiende que el misterio de la divinidad gira de alguna forma en torno a la figura de Jesús. Sus inquietudes religiosas muestran la paradoja de un misticismo que busca la paz espiritual en una experiencia de la visión de Dios, por una idea de la oración ortodoxa – como la de Franny –, o una filosofía oriental – como la Zooey –, sin encontrar descanso para su alma. Su obra muestra la angustia e inseguridad intelectual y emocional, que vemos en El guardián entre el centeno. Sus personajes intentan trascender la realidad, pero acaban finalmente bloqueados en esa incertidumbre.

En la vida hay momentos que uno se encuentra francamente perplejo. Se siente como ese adolescente perpetuo, que representa Holden. Esa actitud de distancia, nos encierra cada vez más en una reclusión como la de Salinger, buscando ocasionalmente el afecto de alguna mujer, pero siempre amargados y desencantados. Su obra nos muestra una profunda desesperanza, porque es una espiritualidad centrada en sí misma.

GRACIA FUTURA
La Biblia nos enseña que la única vida que nos queda por vivir es la futura. El pasado ya no está en nuestras manos, para ofrecerlo o alterarlo. Es Historia. Todas las expectativas de Dios están dirigidas hacia el futuro. La Gracia no es por lo tanto una realidad meramente pasada, sino también futura. El creyente sabe que es la que le ha traído hasta aquí – como dice el himno –, pero también la que le llevará finalmente a Casa.

Como Franny, nos vemos como seres fundamentalmente débiles. En nuestra fragilidad, no encontramos fuerza en nuestro interior, y rogamos a Dios que tenga misericordia de nosotros, en Cristo Jesús. La Gracia de Dios se muestra sin embargo en nuestra debilidad (2 Corintios 12:9). Su Gracia nos muestra el amor de Dios, que nos fortalece por su Espíritu.

La Gracia es olvidarse de uno mismo. Nuestra tragedia es alejarnos de Dios, para buscar satisfacción en nosotros mismos. Los orgullosos se ocupan en desdeñar a los demás, pero la manera de luchar contra esa arrogancia es rendirse a la soberanía de Dios y confiar en su infalible promesa de mostrar su poder a favor nuestro (2 Crónicas 16:9).

Tanto la jactancia, como la autocompasión, son manifestaciones de orgullo, una del éxito y otra de nuestros sufrimientos. La autoconmiseración no parece orgullo, porque aparenta estar necesitada, pero esa necesidad surge de un ego herido, que no brota de un sentido de indignidad, sino de un sentido de dignidad no reconocida. En el corazón del orgulloso, la ansiedad es al futuro, lo que la autoconmiseración al pasado. Debemos por lo tanto “humillarnos bajo la poderosa mano de Dios, depositando en Él toda ansiedad, porque Él cuida de nosotros” (1 Pedro 5:6-7).

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid


© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2010).

 

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