Ir a la Portada de este Número Número 158. Semana del 09 de Enero de 2007 
DOMINICAL
Manuel Miguel     

Otra de piratas

Hace no demasiado tiempo el vocablo “piratas” despertaba pavor y verdadero terror en quienes lo oían pronunciar. Y aunque tan feroces personajes han desaparecido ya de los mares que limitan nuestros continentes, lo cierto, es que sus prácticas siguen hoy vigentes en determinados círculos mediáticos evangélicos.


La música cristiana se ha convertido, por mérito de ventas, en uno de los fenómenos del naciente siglo XXI. Algunos de nuestros más ilustres cantantes cristianos cuentan las ventas de sus discos por miles, cuando no por cientos o millones de copias. El prodigio se extiende de similar forma a los autores y compositores de las canciones, quienes están en posesión del derecho, a recibir royalties o regalías por la venta de los temas musicales de su autoría incluidos en dichas producciones musicales.

Para los más neófitos -porque no tienen necesidad de estar informados- en estas cuestiones. Cuando usted compra un CD de música cristiana -usualmente a un precio bastante elevado- y paga un importe por el en la librería de su elección, existen varios factores que determinan su cuantía final. A saber: coste de la producción musical (esto incluye cantantes, productores, arreglistas, compositores, ingenieros de sonido, músicos, fotógrafos, diseñadores, imprenta, fabrica de discos, publicidad, etc.) además de los gastos logísticos y de personal propios de cualquier compañía. A ello hay que sumarle los incrementos que experimenta el producto al pasar por varias manos hasta llegar al bendecido consumidor final: aranceles internacionales, ferias de ventas, representantes, comisionistas, intermediarios, mayoristas y finalmente libreros. ¿No se ha preguntado alguna vez por que la música cristiana es tan cara?

Ciertamente, las compañías discográficas cristianas hacen gala de un especial arrojo para dar a conocer a sus valores musicales. Y es meritorio el esfuerzo que realizan en favor de la extensión del evangelio a través de tan insigne medio. Aunque lamentablemente, algunas de ellas irrumpen en actos de piratería más propios de épocas felizmente superadas.

Son extremadamente comunes los abusos en el abono de regalías a los autores y compositores que prestan sus canciones a numerosos cantantes de música sacra. En otros casos, ni tan siquiera se solicita el preceptivo permiso de licencia de uso sobre la obra sujeta a derechos. Estos desafortunados hechos, que son desconocidos para el gran público, son consentidos y permitidos dentro de la industria musical cristiana como un mal menor.

Algunos, los menos espero, a estas alturas del presente artículo habrán decidido ya la poca relevancia de lo aquí expuesto. Al fin y al cabo ¿a quién le importa que unos cuantos bohemios -esos de guitarra en mano- sean justamente retribuidos por su trabajo? Si ese es su caso, tengo un interrogante para usted: ¿se ha preguntado en alguna ocasión, que sería de todas esas canciones que felizmente canta en su iglesia los domingos en la mañana, si no hubiera quien las escribiese?

Lo verdaderamente cierto, es que este tipo de prácticas son más habituales de lo cabalmente deseable. Son demasiados los intérpretes y compañías que cometen el pecado -llamémosle por su nombre- de hurtar lo que no es suyo en beneficio propio. Lo más sorprendente no es el menoscabo de las leyes internacionales que protegen los derechos intelectuales de los autores, lo cual en si mismo es un delito imputable judicialmente, sino la licencia -suena irónico llamarle así- que se permiten algunas entidades y cantantes cristianos al no rendir la correspondiente remuneración de sus ingresos a las convenientes sociedades de autores o al compositor en su defecto.

Pasada ya la era de los piratas, en el vigente ámbito legal y moral, nadie discute los derechos personales de los autores sobres sus obras, ya sea en los campos, artísticos, literarios e incluso científicos. Por ello sorprende, que en la esfera de lo espiritual, la cuál debería ser un referente claro de una ética avanzada y ejemplar, nos hayamos convertido en un pésimo ejemplo de retroceso cultural y legal. Cada uno de nosotros, como individuos o colectivos, estamos obligados a cumplir las leyes que rigen a nuestra sociedad. Nuestra responsabilidad como cristianos a favor de la jurisprudencia debe necesariamente ir más allá de la moral secular.

Usted, amable lector de esta reflexión, convendrá conmigo en que este no es un asunto popular o de debate en los actuales foros evangélicos. En opinión de algunos no estará dentro de lo políticamente correcto. De seguro las ideas vertidas en este artículo no serán difundidas más allá del medio que las reproduce. Para tales, propensos a quedarse en la superficialidad de las notas más sensibleras de una canción cualquiera, mientras levantan la alfombra y barren debajo la basura, les diré: por encima de las legislaciones terrenales -las cuales violan impunemente- esta establecida la ley de Dios, ante la cual, inexorablemente todos rendiremos cuentas.


MULTIMEDIA XPRESSO
Entrevista de Manuel Miguel a FRANCESCA PATIÑO: (audio, 5'7 Mb): desde lo personal, a lo musical. Incluye la canción “Si tu andas junto a mí (de Volveré a tí)

Manuel Miguel es cantautor, escritor y fundador de Megalabanza


© M. Miguel, ProtestanteDigital.com (España, 2007).

 

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