Ir a la Portada de este Número Número 304. Semana del 27 de Octubre de 2009 
DOMINICAL
Antonio Cruz     

Ética e inseminación artificial

Ética sexual para nuestro tiempo (II)

Las principales objeciones éticas planteadas a la inseminación artificial provienen, sobre todo, del campo católico.



Desde la época de Pío XII tanto la inseminación con semen del propio marido como la que utiliza esperma de un donante, han sido rechazadas y calificadas de actos inmorales.

Actualmente, en ciertos ambientes del catolicismo, parece que estas posturas han ido perdiendo fuerza y es fácil encontrar teólogos que defienden y proponen su aceptación. Sin embargo, todavía existen amplios sectores que prefieren mantenerse fieles al magisterio de su Iglesia y rehusar cualquier tipo de inseminación artificial.

¿Cuál es el fundamento de este rechazo? Existe un doble argumento.

En primer lugar se apunta hacia el método seguido para extraer el esperma del varón. La manera clínica habitual para la obtención del mismo es la masturbación.

Aunque es verdad que existen otras técnicas no masturbatorias, lo cierto es que resultan algo más complicadas y apenas suelen utilizarse. La postura oficial católica repudia la masturbación aunque sea para inseminar artificialmente a la propia esposa.

La segunda razón que se aduce es la artificiosidad despersonalizada o el carácter no natural del procedimiento de inseminación. Según esta concepción, sería como si lo artificial sustituyera a lo biológico y natural; como cambiar el amor conyugal por una especie de zootecnia impersonal y deshumanizada.

Detrás de estas dos tesis existe también otro argumento característico de la visión católica: la creencia de que el acto sexual y la procreación no deben ir separados jamás. De ahí que toda reproducción asistida tenga que ser rechazada porque alejaría técnicamente la fecundación del coito natural. La conclusión para la moral católica sería, por tanto, señalar el carácter inhumano e inmoral de la inseminación conyugal artificial.

ACERCA DE LA LEY NATURAL
Comenzando por la segunda razón mencionada, los argumentos éticos tradicionales que subyacen detrás de estas concepciones bioéticas se basan en unos principios tomados de la filosofía griega. Para los pensadores del mundo helénico la naturaleza era orden y no caos. No se trataba de algo que hubiera sido creado ex nihilo, es decir, a partir de la nada, sino que se concebía como un inmenso organismo vivo, eterno y autogenerante, envuelto en un constante movimiento cíclico. Una diosa material terráquea que, a su vez, había originado a los demás dioses que conformaban el universo mítico de la antigua religión de Grecia.

Todos los seres pertenecientes al mundo natural llevaban grabado en sus entrañas el sello de
 
una razón, de un logos, que era el que se encargaba de poner orden en el universo. Se trataba de la razón propia del cosmos. El filósofo romano Cicerón recogiendo estas ideas griegas escribió en su Cato maior: "Todo lo que se conforma con las leyes naturales, debe contarse entre las cosas buenas". La naturaleza se entendía como una realidad divina, ordenada, bondadosa y bella en la que cada cosa tenía su lugar y su función concreta. Los ojos eran para ver, los pies para andar y los oídos para oír. Si los hombres y las mujeres tenían órganos genitales, éstos debían ser empleados en realizar la función que les era propia, es decir la reproducción. La naturaleza era incapaz de hacer algo en vano. De ahí que la relación sexual se entendiera siempre como unitiva y procreativa.

Según esta manera de entender el mundo, la moralidad consistía en seguir el orden que se observaba en la propia naturaleza. El ser humano sólo podía alcanzar la felicidad conduciéndose constantemente de acuerdo a esta ley natural. Si la naturaleza divina había dotado a las personas para la procreación con un aparato sexual determinado, sólo se debería engendrar hijos mediante el uso natural de tal órgano. Eso sería lo éticamente correcto, lo moralmente aceptable, mientras que cualquier intento en otro sentido sería ir "contra natura", atentar contra la ley de la propia naturaleza, cometer un desorden ilícito.

Esta concepción naturalista que entendía todo aquello que no fuera natural como algo intrínsecamente malo, pasó del mundo griego al romano y, a través, de los pensadores medievales llegó hasta nuestros días. Sus principios estáticos e inamovibles pueden detectarse todavía hoy en aquellos argumentos que siguen rechazando toda técnica médica artificial que pretenda ayudar a la naturaleza humana. Es, asimismo, el prejuicio que se halla en el fondo de esa inseparable unión que se pretende entre procreación y acto sexual.

¿Qué dice la Biblia acerca de todo este asunto? La doctrina bíblica de la creación desmitifica al concepto griego de naturaleza ya desde las primeras páginas del Génesis. Para los hebreos del Antiguo Testamento el mundo es "creación", no "naturaleza". Los numerosos dioses del cosmos griego son expulsados del ámbito de la creación. Ni las montañas, ni los ríos o los vientos necesitan ídolos inexistentes que den cuenta de su bravura o inmenso poder. El relato de la creación desdiviniza y seculariza todo lo natural haciéndolo así accesible a la investigación humana. Para la Biblia el universo visible no es ni un dios, ni una máquina, tan sólo una creación de Dios. En adelante será posible la ciencia, la experimentación, los métodos de investigación y el descubrimiento de las leyes que rigen el mundo.

Pero el relato de la creación afirma también que el universo de los seres creados está bajo el cuidado del ser humano. Si para el filósofo griego el hombre estaba atrapado por la naturaleza porque formaba parte de ella y debía someterse inevitablemente a todas sus leyes por duras y crueles que fueran, para el escritor bíblico, en cambio, el ser humano es capaz de trascender a la naturaleza. Tiene la obligación de investigar la naturaleza para eliminar el dolor, el sufrimiento y la enfermedad de tantas criaturas.

En el próximo artículo abordaremos la otras cuestión antes planteada sobre la inseminación artifical: la masturbación.


Artículos anteriores de esta serie:
 1Reproducción asistida 

Antonio Cruz es biólogo, profesor y escritor.


© A. C. Suárez, ProtestanteDigital.com (España, 2009).

 

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