La cuestión es, sin embargo, hasta qué punto debe considerarse la inseminación artificial como un acto técnico y despersonalizado cuando se lleva a cabo en un matrimonio que desea tener un hijo y que aporta sus propios gametos para conseguirlo.
El niño que nace por inseminación artificial ¿no es también producto del amor de sus padres? El hecho de que hayan sido necesarias ciertas técnicas médicas para facilitar su concepción, ¿le hace acaso menos humano? ¿Son los bebés nacidos de la procreación asistida meros objetos despersonalizados, productos infrahumanos de la tecnología biológica?
La pareja que opta por someterse a los sacrificios y contrariedades que le imponen las técnicas biomédicas con el deseo de dar a luz un hijo ¿no está demostrando un amor genuino y de gran calidad?
¿Cómo es posible estar seguros de que al utilizar los medios que la ciencia pone a su disposición, para conseguir la anhelada fecundidad, no se esté realizando también la finalidad del plan de Dios? ¿Quién está autorizado para decir que no?
Si se llevasen estos prejuicios contra la técnica médica hasta sus últimas consecuencias ¿no habría también que permitir el deterioro del organismo humano sin intentar curarlo, mediante medicinas o intervenciones quirúrgicas?
¿Hasta dónde nos llevarían tales extremos?
La inseminación artificial con semen del cónyuge, aunque sea un acto técnico, puede llegar a tener una intención unitiva y procreadora mucho mayor que muchas concepciones naturales.
¡Cuántos casos se dan cada día, por desgracia, de bebés que vienen a este mundo sin ser deseados por sus padres o que han sido concebidos por descuido y falta de planificación! Mediante la inseminación artificial conyugal, sin embargo, el futuro hijo es ya de antemano deseado, esperado, querido y aceptado.
Detrás de la mecánica biológica que se realiza en el laboratorio o en la clínica, que hasta cierto punto puede ser fría y despersonalizada, suele haber algo más en el corazón de los que aspiran a ser padres.
Este algo es el amor hacia un nuevo ser que todavía no existe.
Y tal amor sólo puede contribuir proporcionando legitimidad ética al acto fecundador.