| El sillón del absurdo
El propietario del sillón donde cayó sentado Sean Connery tras deslizarse por un tobogán en la película “Solo se vive dos veces”, estrenada en 1967, lo ha puesto en venta. Hasta aquí la cosa se ve absurda, pero lo peor es que se lo han comprado.
Creo que si usted, o yo, hubiésemos tenido 22.000 euros, no los habríamos empleado en un sillón de segunda mano, por mucho que Sean Connery, o cualquier otro individuo famoso se hubiese sentado en él. Y eso es porque usted y yo tenemos la lógica a flor de piel, y el cerebro, todavía, nos funciona.
Usted y yo somos personas normales que dependemos de un sueldo (usted del suyo y yo del mío), que a duras penas intentamos ahorrar para cubrirnos las espaldas, y no precisamente con el forro de cuero de un sillón viejo.
El antiguo propietario lo puso en venta, seguramente harto ya de apoyar su trasero en él sin encontrarle ninguna chicha, sin encontrarse ante el espejo ningún parecido físico con Sean Connery, sin que le llovieran las muchachas guapas del techo.
Señores y señoras, el sofá no hace al hombre. ¿Qué ocurrió? Pues que enseguida, otro admirador del agente secreto 007, se lo quitó de las manos. Se ve que hay gente solitaria, cansada de aguantar el peso de la vida sobre sus pies y necesitan, “buscando el calorcillo”, reposar donde otros lo han hecho antes. A eso lo llamo yo “Sillón con garantía de descanso múltiple”. Dicen que, salvo algunos rasguños, se encuentra en muy buenas condiciones. Eso ya es una ventaja. Quizás lo han nutrido todo este tiempo con babas de caracol.
Imaginemos que usted y yo tenemos un sillón de hace 40 años en casa... No. Mejor no imaginemos nada. No vayamos a hacernos ilusiones de venderlo para querer sacarle partido y nos den con el desengaño en los dientes. Nosotros no tendríamos éxito. Nadie quiere parecérsenos. No disponemos de la dosis de glamour necesario. Y no nos darían un euro.
La respuesta que darían los posibles clientes a nuestro sillón viejo sería: “Mejores los hay tirados en las calles”. Su trasero y el mío no valen lo que el trasero de Sean Connery, y para comprar un sillón de esa antigüedad las posaderas de quien lo usó pesan mucho. Hay que saber caer bien y usted y yo no sabemos. Por eso cuando queremos quitarnos un mueble viejo de encima tenemos que llamar a los Servicios Operativos de nuestro Ayuntamiento para que vengan a recogerlo. Gratis, salvo que usted o yo queramos darles una propina.
Los hay que nacen, viven, crecen, y se multiplican en la sociedad del absurdo, sin saber dónde está la verdadera felicidad, sin saber en qué pensar antes de dormirse, o qué soñar mientras duermen, sin saber con qué ilusión levantarse a la mañana siguiente.
Personas que intentan buscar la felicidad gastando su dinero absurdamente en cosas absurdas, mientras millones de niños y adultos mal viven sin tener donde caerse, no sentados, sino muertos, y ni se les pasa por la imaginación ayudarles. O quizás..., si se les pasa, y por eso el nuevo comprador no ha querido que se divulgue su nombre, no vayan a caerle pobres del techo, en vez de mujeres guapas. ¡Vaya usted a saber!
Isabel Pavón es escritora y parte de la Junta de ADECE (Alianza de Escritores y Comunicadores Evangélicos)
© Isabel Pavón. ProtestanteDigital.com (España, 2007)
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