Ucrania: entre el sufrimiento, el nacionalismo y los propósitos de Dios

En ‘Hope for Europe’ tuvimos la oportunidad de escuchar de primera mano las dificultades que están atravesando en Ucrania en medio de una guerra que sigue marcando profundamente a toda la nación.

14 DE OCTUBRE DE 2026 · 11:00

Una iglesia destruida en Zaporizhizia, Ucrania. Foto: Mijail Pavenko, Christianity Today,
Una iglesia destruida en Zaporizhizia, Ucrania. Foto: Mijail Pavenko, Christianity Today

Uno de los momentos más emotivos que he vivido durante estos últimos días, en el encuentro Hope for Europe, celebrado en Albania, fue la entrega del Premio Esperanza al Consejo de Iglesias Protestantes Evangélicas de Ucrania.

Un buen número de líderes cristianos ucranianos participaron en este encuentro, y tuvimos la oportunidad de compartir con ellos y escuchar de primera mano las dificultades que están atravesando, tanto a nivel personal, familiar y profesional como en su vida de iglesia, en medio de una guerra que sigue marcando profundamente a toda la nación.

Entre las actividades del encuentro se organizaron los llamados Hope Labs, espacios de reflexión y diálogo sobre algunos de los grandes desafíos que afronta la Iglesia en el siglo XXI. Participé en uno de ellos, dedicado a la sociedad y la nación, donde se abordaron cuestiones como la identidad, la polarización y el nacionalismo. Temas de enorme actualidad, pero también de gran complejidad.

Ucrania: entre el sufrimiento, el nacionalismo y los propósitos de Dios

Roman Soloviy, presidente del Instituto de Teología de Europa del Este.

No era de extrañar que estos talleres despertaran un especial interés entre los hermanos y hermanas de Ucrania. En una de las sesiones, dedicada al nacionalismo, intervino Roman Soloviy, presidente del Instituto de Teología de Europa del Este y editor de diversas publicaciones teológicas internacionales.

Su intervención nos invitó a reflexionar sobre una cuestión especialmente delicada: ¿cómo puede la Iglesia mantener su fidelidad a Cristo, su compromiso con el país y, al mismo tiempo, evitar los peligros de un nacionalismo extremo?

Partiendo de una reflexión teológica sobre la fe cristiana en tiempos de crisis, Soloviy planteó cinco grandes tensiones a las que se enfrentan los creyentes en situaciones de guerra: la justicia y la paz, la no violencia y la protección de los más vulnerables, la propia seguridad y la cercanía a quienes sufren, la evangelización y la acción social, y finalmente, la memoria y el perdón.

Quienes estuvimos presentes pudimos percibir el profundo sufrimiento de nuestros hermanos ucranianos. La angustia de no saber si el próximo dron o misil ruso que sobrevuele sus hogares terminará alcanzándolos; la preocupación por sus familias, por las iglesias destruidas o afectadas por los bombardeos, por su futuro profesional y por la ayuda internacional que necesitan para resistir los ataques. En definitiva, la incertidumbre sobre el futuro de su país.

Se habló también del sentimiento de pertenencia a una nación, del arraigo a una cultura, a una tierra y a una lengua. Elementos que forman parte de la identidad de un pueblo y que, en las circunstancias actuales, muchos ucranianos sienten amenazados.

 

Una misma guerra, distintas maneras de verla

Creo que la mayoría de los ciudadanos de nuestra parte de Europa entendemos lo que está ocurriendo en Ucrania como una invasión militar y una grave crisis humanitaria. Una guerra a gran escala que comenzó el 24 de febrero de 2022, aunque sus antecedentes se remontan a 2014, con la intervención rusa en Crimea y el inicio del conflicto armado en el Donbás.

De hecho, la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su resolución del 2 de marzo de 2022, calificó la actuación rusa como una agresión contra Ucrania y exigió la retirada de sus tropas.

Sin embargo, dentro de Rusia, especialmente a través de los medios de comunicación controlados por el Gobierno, la guerra se presenta de una manera muy diferente. El mensaje que se transmite es que Rusia no está atacando, sino defendiéndose de amenazas externas y protegiendo a la población de habla rusa en Ucrania.

Naturalmente, una cosa es lo que comunica el Gobierno ruso y otra lo que realmente piensa su población. También entre los cristianos rusos existen distintas sensibilidades y posiciones ante esta guerra, aunque algunos comparten el discurso oficial de su país.

Todo ello nos lleva a una reflexión que considero importante: ¿hasta qué punto nuestras opiniones están condicionadas por las noticias que escuchamos y las imágenes que vemos?

Vivimos rodeados de información, pero no siempre somos conscientes de que una misma realidad puede presentarse desde perspectivas muy diferentes, seleccionando determinados hechos y dejando otros en segundo plano para construir un relato concreto.

Esto no significa que todas las versiones tengan el mismo fundamento ni que debamos relativizar la gravedad de una invasión militar. La vulneración de la soberanía de Ucrania y el sufrimiento causado a su población son realidades que no podemos ignorar.

Pero, más allá de los acontecimientos políticos y militares, hay una pregunta que me gustaría plantear desde una perspectiva espiritual:

¿Qué podemos aprender como cristianos de todo lo que está sucediendo? ¿Hay algo que Dios quiera enseñarnos en medio de tanto sufrimiento?

No pretendo dar una respuesta definitiva a estas preguntas. Sin embargo, quisiera compartir una experiencia personal que viví pocos días después del inicio de la invasión rusa, en febrero de 2022.

Ucrania: entre el sufrimiento, el nacionalismo y los propósitos de Dios

Entrega de reconocimiento a pastores y líderes ucranianos, durante la asamblea de la Alianza Evangélica Europea Hope For Europe. Foto: Moisés Contreras

 

Una experiencia que todavía me hace reflexionar

En una de las reuniones de Compass Europe, ministerio del que formo parte y en cuya Junta Directiva participo, tuvimos la oportunidad de escuchar el testimonio de un compañero responsable del ministerio en Ucrania, que también prestaba apoyo a otros países de habla rusa.

Por razones de discreción, me referiré a él por sus iniciales: A. M.

Nuestro compañero estaba profundamente desconcertado y asustado por los acontecimientos que estaba viviendo. Desde su apartamento en Kiev había grabado varios vídeos en los que podían verse misiles rusos sobrevolando las proximidades de su edificio. Compartió aquellas imágenes con nosotros, y pudimos comprender algo mejor la angustia que estaba experimentando.

Pero hubo algo en su testimonio que me impresionó especialmente.

Nos explicó que, durante los días anteriores a la invasión, había estado subiendo con frecuencia a una de las colinas de Kiev para dedicar tiempo a la oración. Desde aquel lugar, contemplando la ciudad, oraba por su país y por sus habitantes.

Pedía a Dios sanidad espiritual para una nación que, según su propia percepción, vivía cada vez más alejada de Él. También oraba de manera especial por el fin de la corrupción política, que consideraba profundamente arraigada en el país y que, en su opinión, favorecía el enriquecimiento de unos pocos mientras dificultaba el bienestar y el progreso de buena parte de la población.

Y entonces, pocos días después, ocurrió lo que todos conocemos: comenzó la invasión rusa a gran escala.

Nuestro compañero nos confesó su profunda perplejidad. Había estado orando intensamente por una transformación de su país y, de repente, se encontraba ante una tragedia que jamás habría deseado.

¿Casualidad? ¿Existía algún propósito que no alcanzábamos a comprender?

No lo sabemos.

Personalmente, quisiera pensar que no había ninguna relación entre aquellas oraciones y el estallido de la guerra. Y, desde luego, no pretendo sugerir que Dios respondiera a sus oraciones enviando una invasión militar.

Sin embargo, aquella experiencia me llevó a reflexionar sobre algunos relatos de las Escrituras que siempre me han producido un profundo respeto.

 

Cuando leemos la historia a la luz de las Escrituras

Al recorrer la historia bíblica, desde el libro de Josué hasta el segundo libro de Crónicas, encontramos episodios que nos invitan a reflexionar con temor y temblor.

En diferentes momentos, cuando el pueblo de Israel se apartaba de Dios, abandonaba sus mandamientos y se volvía hacia otros dioses, las consecuencias iban mucho más allá de un simple cambio de gobernantes.

En algunos de esos relatos, Dios permitió que naciones enemigas invadieran el territorio de Israel o de Judá, provocando derrotas militares, destrucción, exilio y un enorme sufrimiento entre la población.

Son pasajes difíciles, que no siempre resultan sencillos de comprender desde nuestra perspectiva actual, pero que forman parte de la historia bíblica y nos recuerdan la seriedad con la que Dios trata la infidelidad y la injusticia de su pueblo.

Ahora bien, no pretendo establecer una comparación directa entre lo que sucedió al pueblo de Israel hace tantos siglos y lo que está ocurriendo actualmente en Ucrania.

Sería una grave simplificación, y probablemente una injusticia hacia quienes están sufriendo, afirmar que esta guerra es consecuencia de los pecados de una nación o que conocemos los propósitos concretos de Dios detrás de ella.

La Biblia nos muestra que Dios actúa en la historia, pero también nos enseña que no siempre podemos interpretar correctamente las causas del sufrimiento humano.

De hecho, Jesús mismo rechazó la idea de que quienes padecen una tragedia sean necesariamente más culpables que quienes no la padecen, como vemos en Lucas 13:1-5.

Por eso, mi intención no es buscar culpables espirituales ni ofrecer explicaciones fáciles a una tragedia tan dolorosa.

Lo que deseo es invitarnos a levantar la mirada y ampliar nuestra perspectiva.

Vivimos en un mundo donde intentamos explicarlo todo desde la política, la economía, las relaciones internacionales o los intereses de las grandes potencias. Y, aunque estos factores son fundamentales para comprender los acontecimientos, como cristianos no deberíamos olvidar nuestra dimensión espiritual.

El profeta Isaías recoge unas palabras de Dios que siempre me han hecho reflexionar:

«Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová». (Isaías 55:8, RVR1960).

Reconocer que los pensamientos de Dios son más altos que los nuestros no significa que debamos atribuirle decisiones o propósitos que Él no nos ha revelado. Significa, más bien, aceptar con humildad que nuestra comprensión es limitada.

Y quizá esa sea una de las grandes lecciones que podemos aprender en medio de situaciones tan dolorosas como la que vive Ucrania.

No sabemos por qué Dios permite cada una de las tragedias que vemos a nuestro alrededor. Tampoco conocemos todos sus propósitos. Pero sí sabemos que nos llama a amar al prójimo, defender al vulnerable, trabajar por la justicia, buscar la paz y acompañar a quienes sufren.

Tal vez la pregunta no sea solamente por qué Dios permite lo que estamos viviendo, sino también qué espera Dios de nosotros mientras todo esto sucede.

 

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