Sé que lo volveré a ver, pero hoy me duele

Para quienes ven acercarse un día del calendario que los demás ya olvidaron.

29 DE OCTUBRE DE 2026 · 18:25

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Foto de Anders Ipsen en Unsplash

«Jesús lloró» (Juan 11:35, LBLA).

En estos días la calle empiezan a cambiar de color. En muchos de nuestros países los mercados se llenan de flores, los cementerios de familias y las redes de fotos con frases como «un año sin ti» o «te sigo extrañando». En la mayoría de nuestras iglesias no celebramos el Día de Todos los Santos ni el de los Difuntos, y no hace falta. Sin embargo, el calendario no nos pide permiso. Pero para mucha gente, estas semanas traen de vuelta una fecha que nunca eligió: el día del accidente, la llamada de madrugada, el diagnóstico, la firma del divorcio, el avión que despegó dejando atrás un país, una casa y media familia.

Puede que a ti te pase con un mes concreto. Llegas a él sin darte cuenta, y una semana antes empiezas a dormir peor, a estar más irritable, a llorar en el coche sin un motivo claro, hasta que miras el calendario y entiendes. Alba Payàs, psicoterapeuta especializada en duelo, lo describe así: cuando se acercan esas fechas, «empiezas a encontrarte mal. Tu cuerpo empieza a recordar incluso antes de que seas consciente de ello» (Alba Payàs, El mensaje de las lágrimas). Y advierte de algo que a muchos sorprende: no siempre es el primer año el más difícil. A veces el segundo o el tercero pesan más, porque ya no queda el aturdimiento del principio y la gente de alrededor dejó de preguntar (Alba Payàs, Cómo superar el duelo. Es Navidad… y en casa hay una silla vacía).

A lo largo de los años he tenido la oportunidad de conversar con muchas personas en duelo. Mujeres y hombres que quedaron viudos. Hijos que se quedaron huérfanos demasiado pronto. Padres que tuvieron que enterrar a un hijo, un dolor para el que nuestro idioma ni siquiera tiene nombre; hace unos años, un grupo de padres de niños con cáncer pidió a la Real Academia Española que aceptara la palabra «huérfilo» para nombrarlo (Federación Española de Padres de Niños con Cáncer, campaña de 2017). Un padre nunca debería enterrar a un hijo, y mucho menos si es pequeño. Algunos perdieron a su ser querido en un accidente; otros, en un asesinato que todavía no logran entender. Cada historia es distinta, pero muchos me han dicho, con unas palabras u otras, lo mismo: nadie les explicó cómo se sigue viviendo. Y mucho menos qué hacer cuando vuelve ese día del año.

A veces, sin que nadie lo predique desde el púlpito, en la iglesia se respira un mensaje que lo complica todavía más. Que si de verdad conoces a Dios, la ausencia no debería dolerte tanto. Que si murió en el Señor, algún día lo volverás a ver, así que no hay motivo para llorar. Que un creyente tiene que mostrarse fuerte, sobre todo delante de los demás. Casi nadie lo dice con mala intención; muchas veces son hermanos que nos quieren y que no saben qué hacer con nuestro dolor. Pero el que está de duelo lo escucha así: que su tristeza es una falta de fe. Y entonces llega la fecha y, además del dolor, carga con la culpa de sentirlo.

Cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba cuatro días en el sepulcro (Juan 11:17). La casa estaba llena de gente que había venido a consolar a Marta y a María. Lo que me llama la atención es que estas dos hermanas tenían la teología en orden. Marta se lo dijo a Jesús con todas las letras: «Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día final» (Juan 11:24, LBLA). Creía exactamente lo que hoy se le recuerda a cualquiera que está de luto. Y, sin embargo, lloraba. Su hermana también. Cuando Jesús vio a María llorando, y a los que habían venido con ella, se conmovió profundamente (Juan 11:33). Lo que viene después es el versículo más corto de la Biblia y, para muchos de los que están de duelo, uno de los más necesarios: «Jesús lloró» (Juan 11:35, LBLA).

Jesús sabía lo que iba a hacer pocos minutos después. Sabía que iba a llamar a Lázaro por su nombre y que Lázaro iba a salir. Y aun así lloró. La esperanza de la resurrección no le quitó las lágrimas, y no tiene por qué quitártelas a ti. Pablo, cuando escribe a una iglesia que estaba despidiendo a sus hermanos, no les pide que dejen de estar tristes. Les dice algo distinto: «para que no os entristezcáis como lo hacen los demás que no tienen esperanza» (1 Tesalonicenses 4:13, LBLA). No prohíbe la tristeza; le da otro horizonte. El creyente también llora delante de una tumba. Llora, eso sí, sabiendo que la muerte no tiene la última palabra.

Por eso, si se acerca tu fecha, no tienes que esperarla con los dientes apretados ni demostrarle a nadie lo fuerte que eres. Puedes prepararte para ese día, que no es lo mismo que temerlo. Pensar con quién quieres pasarlo, o si necesitas un rato a solas. Decirle a alguien de confianza: «el jueves es un día difícil para mí». Permitirte las lágrimas sin pedir perdón por ellas. Y llevarle a Dios, con sinceridad, todo lo que esa fecha te remueve. Mark Vroegop, un pastor que perdió a su hija Sylvia al nacer, lo escribe con toda la sinceridad posible: «El aniversario de la muerte de Sylvia ensombrece a nuestra familia. Cada año, la fecha me impacta de forma diferente» (Mark Vroegop, Nubes oscuras, profunda misericordia). Me hace bien que lo diga un pastor, porque nos recuerda que la fe no nos vuelve inmunes a las fechas; nos da a Alguien con quien atravesarlas.

Y si acompañas a alguien que está de duelo, apunta su fecha en tu agenda. Escríbele ese día, aunque sea un mensaje corto. No tengas miedo de decir el nombre de quien ya no está. A veces una palabra torpe dicha con cariño acompaña más que un silencio prudente.

Hace años, una mujer me dijo una frase que nunca he olvidado: «No necesito que me expliquen por qué pasó. Necesito saber cómo se sigue viviendo». Esa frase terminó siendo la semilla de «ORO para tus grietas». Lo escribí pensando en ella y en tantas personas que me han dicho lo mismo con otras palabras: viudos, huérfanos, padres que enterraron a sus hijos, gente que lleva años sin saber qué hacer con una fecha del calendario. No es un libro de respuestas rápidas ni de frases que te obligan a estar bien. Es un recorrido honesto, desde la fe, para quien necesita aprender a vivir con la ausencia sin dejar de creer, y también para quien quiere acompañar a otros sin herirlos. Si se acerca tu fecha, o la de alguien a quien amas, te invito a leerlo. Puedes encontrarlo [AQUÍ]. Y si piensas en alguien que estas semanas va a vivir su primer aniversario sin esa persona, puede ser una buena manera de decirle que no está solo.

La fecha va a volver. No puedo prometerte que este año duela menos, y no sería honesto hacerlo. Pero sí puedo recordarte que no tienes que esconder las lágrimas para demostrar que crees, y que no las vas a llorar delante de un Dios lejano. En Betania, frente a una tumba de cuatro días, el mismo que tenía poder para abrirla se detuvo primero a llorar con ellos. Quizás este año puedas hacer algo parecido: dejar que ese día llegue, sin fingir que no duele, y no pasarlo solo.

 

José Daniel Pino
Entre la Tormenta y la Roca
Autor de «ORO para tus grietas»
Acompaño a personas, matrimonios y familias en Valencia y en línea.
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