Un fraile frágil, pero hecho un Lutero
Las obras que dejan huella, aunque sobrevenidas, son establecidas por quien desde la eternidad todo lo decretó. Esto significa, para nosotros, confianza, reposo, amparo, y ánimo dispuesto a tope para la acción y el pensamiento.
24 DE OCTUBRE DE 2026 · 21:29
Que mirando lo que se ve, la Reforma se inicia “por casualidad”, no es casualidad sino constatación de que las obras que dejan huella, aunque sobrevenidas, son establecidas por quien desde la eternidad todo lo decretó.
Esto significa, para nosotros, confianza, reposo, amparo, y ánimo dispuesto a tope para la acción y el pensamiento. Para otros es una locura. Vale.
El profesor que había colocado las tesis, que no se sabe quién las pudo ver, hasta que fueron vistas luego en muchas plazas, pero que después ya no se vieron, y casi ni las vemos, que quedan dos o tres copias (no tenían en sí mismas trascendencia alguna, ya se ha dicho), es el mismo que se vive mirándose a través de su querido Juan Taulero, de cuyo libro Theologia deutsch, puede decir que es el libro en el que más había aprendido, después de la Biblia y San Agustín. Un místico sincero, que ama el castigo que merece el pecado, y no quiere arreglos externos, todo interior. Y eso le dura. (Nuestro Calvino dirá de ese libro, siempre, que era no solo una tontería, sino veneno.)
Lutero publicó el citado libro en 1516, y luego, con introducción notable, en 1518. Es el mismo doctor y profesor que disputa sobre tesis referidas a la escolástica un poco antes de las del día de la Reforma.
Que luego recibirá por un Silvestre Prierias, dominico, la declaración doctrinal de la autoridad del papa, con ello se muestra por qué se han enfadado tanto en la curia (este Prierias morirá en el saqueo de Roma). “La Iglesia Universal es la Romana, y es cabeza de todas, y el papa es su cabeza… No puede equivocarse al decidir sobre la fe y la moral [también la moral, eso suena demasiado], por lo tanto, tampoco se puede equivocar sobre su doctrina del papa… Es hereje quien no se adhiere a las enseñanzas del magisterio y del papa… Quien diga, en relación con las indulgencias [entérate, Lutero] que la Iglesia Romana no puede hacer lo que de hecho hace, es un hereje”.
Ese fraile pálido y flacucho, ya se ha pegado 400 Km para acudir a Heidelberg, y discutir 28 tesis con sus viejos profesores. Le salió mejor. Estas ya tienen otra pinta. Mira la última: El amor de Dios no encuentra previamente el objeto de su amor; el amor del hombre es creado por el objeto de su amor.
La cosa ya pinta mejor. En una explicación nos dice que sencillamente cree que es imposible reformar [reformar] la Iglesia, si no la expurgamos de los cánones, de las decretales pontificias, de la filosofía escolástica y de la lógica que ahora usamos, y todo eso se debe sustituir por el estudio de la Biblia y de los padres de la Iglesia. Pero tampoco es una pintura sin borrones. Todavía no ve que lo que ve lo hace a través de un sentido místico. Con todo, ya es otra cosa.
Allí ha encontrado nuevos seguidores. Ya se ve, todo sobrevenido. Entre ellos al benedictino Wolffgang Capito, predicador de la catedral y que enseña en la universidad de Basilea, y, sobre todo, al dominico Martín Bucero, que en esos momentos estudia en la universidad de la localidad.
Todo lo que luego vendrá se verá, pero ahora vemos que nadie ha maquetado nada, todo viene sin saber de dónde. Sabemos que de la voluntad eterna, pero eso es locura. Sin esa visión, toda la Reforma no deja de ser una pintura a gusto de cada cual.
Ese fraile canijucho se pega ahora 500 Km para encontrarse con el nuncio papal, Cayetano, en Augsburgo. Y los hacía a pie. Parece que no quería montarse a ningún carro (aunque, a veces, no le quedaba otro remedio). Quedó satisfecho de su destreza en el manejo de la palabra contra el nuncio. Ya la Palabra estaba por ahí.
Allí pudo comprobar que también tenía seguidores en las esferas “políticas”. Y puede, a veces medio en broma, reconocer que está dispuesto al martirio por esa Palabra, que asume, a ella está sujeta su conciencia. Esto ya suena, aunque algunas de sus afirmaciones, todavía suenan fatal.
No lo vamos a acompañar a Leipziig, ya en 1519, donde su hermano Johannes Eck le va a poner los pies en el suelo. La disputa, famosa, largamente esperada, ganarla no la ganó. Quizás por aburrimiento, pero ganar, no ganó.
Pero eso es lo relevante, ese frailecillo no considera una derrota formal algo que pare el triunfo de su reforma. La ve como acción de Dios. Si Él la quiere tirar, lo hará, pero si la quiere conservar, nadie la tirará, con otras palabras, pero esto llega a decir.
Aunque seguramente la Palabra lo había tomado antes por la solapa del hábito y le había dado un zamarreón, para que viera la justicia de Dios como la ve Dios, y seguramente algo ya tenía, pues sus escritos algo muestran, no es hasta esta fecha que, por fin, se ve como Dios lo ve. Eso lo dice él, y si él lo dice, pues habrá que echarle cuenta.
“Hasta que al fin, por piedad divina, y tras meditar noche y día, percibí la concatenación de los dos pasajes: ‘La justicia de Dios se revela en él’, ‘conforme está escrito: el justo vive de la fe’. Comencé a darme cuenta de que la justicia de Dios no es otra que aquella por la cual el justo vive el don de Dios, es decir, de la fe, y que el significado de la frase era el siguiente: por medio del evangelio se revela la justicia de Dios, o sea, la justicia pasiva, en virtud de la cual Dios misericordioso nos justifica por la fe, conforme está escrito: ‘el justo vive de la fe’.
Me sentí entonces un hombre renacido y vi que se me habían franqueado las compuertas del paraíso. La Escritura entera se me apareció con cara nueva. La repasé tal como la recordaba de memoria, y me confirmé en la analogía de otras expresiones como ‘la obra de Dios es la que él opera en nosotros’, ‘la potencia divina es la que nos hace fuertes’, ‘la sabiduría de Dios es por la que nos hace sabios’, ‘la fuerza de Dios’, ‘la salvación de Dios’, ‘la gloria de Dios’.
Desde aquel instante, cuanto más intenso había sido mi odio anterior hacia la expresión ‘la justicia de Dios’, con tanto más amor comencé a exaltar esta palabra infinitamente dulce. Así, este pasaje de Pablo en realidad fue mi puerta del cielo.
Leí después la obra Del espíritu y de la letra de Agustín, donde, inesperadamente, me encontré con que también él interpreta la justicia de Dios en el mismo sentido: la justicia con la que Dios nos reviste al justificarnos; y aunque esto no esté acabadamente expresado, aunque no explique con toda claridad lo relativo a la imputación, le pareció bien enseñarnos que la justicia de Dios es la justicia por la que somos justificados.
Mejor pertrechado con estas reflexiones, me puse a explicar los salmos por segunda vez; la obra pudiera haber cuajado en un gran comentario de no haberme convocado de nuevo al año siguiente el emperador Carlos V a la dieta de Worms, viéndome precisado a interrumpir la empresa”. [De la traducción de Teófanes Egido]
Por lo tanto, que no engañen las apariencias, cuando el fraile canijucho le dice ¡No! al emperador y todos los poderes, ya se lo dice un Lutero, construido por la mano de quien construye a los que le servirán. (Él mismo años antes, había cambiado su apellido, Luder, que sonaba un poco así, por Eleutherios, que sonaba hombre libre, tal unos meses, luego lo achicó a Luther, y así se quedó.)
Los instrumentos siempre son muy chungos, pero la mano que los construye es eterna. Aprendamos.
Si antes lo recomendé, tanto más en este contexto. Me refiero al libro sobre Lutero, la revolución intelectual de Lutero, 622 páginas, de José Luis Villacañas, 2017.
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